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11 de mayo de 2012

Bilbao, una ciudad de fiesta, lágrimas y frente alta




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Por motivos laborales, el martes me tocó viajar a Bilbao. Tenía pasaje para volver el miércoles: el avión salía a las 20.50 y llegaba a las 22.05 a Madrid. Ese día a las 20.45 empezaba en Bucarest la final de la Europa League, que iba a terminar, salvo que hubiera alargue, a eso de las 22.30; a esa hora, el Athletic Club de Bilbao o el Atlético de Madrid sería campeón. Es decir, me iba a perder el partido prácticamente completo. Yo, que el año pasado, antes de imaginar que empezaría a trabajar para una empresa de Bilbao, anuncié que esta temporada sería hincha del Athletic, debido a que Marcelo Bielsa era su director técnico. Así que hice una de esas insensateces que solo hacemos los que estamos locos por el fútbol: dejé ir el avión pagado por la empresa y con dinero de mi bolsillo saqué pasaje para volver a Madrid en autobús, viajando toda la noche (de 1.30 a 6.30), llegar a casa a las 7 y a las 9 volver al trabajo. Todo por vivir la final en una ciudad que se había vestido de fiesta, y que terminó derramando lágrimas pero con la frente bien alta.

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Nunca había visto una ciudad tan vestida de fiesta para un evento futbolero como Bilbao en estos días. Balcones, escaparates, autos, carteles de publicidad, agencias de viajes que ofertan paquetes para viajar a Bucarest y a Madrid (el 25 de mayo el Athletic juega contra el Barça la final de la Copa del Rey), gente en la calle: todo era rojo y blanco. Por todas partes, dos palabras: «AÚPA ATHLETIC» («aúpa» es la expresión vasca para dar ánimos, equivalente a «vamos» o, en argentino, «aguante»). La reunión la tengo en Elorrio, un pueblo de las afueras de Bilbao, adonde tengo que ir en autobús. Los pueblos que atravesamos también están embanderados. Un compañero de trabajo (al que llamaré A.) llega a la reunión con una remera que dice «Athletic beti zurekin!» («¡Athletic siempre contigo!»)… y otros compañeros llegan —desde Barcelona— tarde: su avión tuvo que dar vueltas en el aire durante un buen rato a la espera de que desde el aeropuerto de Bilbao les confirmasen que había lugar para que aterrizaran. El espacio aéreo estaba saturado de aviones que partían hacia Bucarest.






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Cuando regresamos de Elorrio a Bilbao, a eso de las 6 de la tarde, el autobús viene lleno: muchos hinchas (chicos y chicas) muy jóvenes iban a la capital de la provincia de Vizcaya. Con A. nos preguntamos cómo volverán después a sus casas. Llegamos a la conclusión de que van listos para pasarse toda la noche de fiesta y volver cuando los micros reanuden su circulación, la mañana siguiente. Además, las temperaturas han subido en promedio unos 10 grados de un día para el otro. El cielo vizcaíno, como pocas veces, está despejado y a pleno sol. Hasta el tiempo parece estar de acuerdo en que es noche de celebración.

A. tiene entradas para ver el partido en San Mamés, el estadio conocido como “la catedral” del fútbol español. Han vendido todas las localidades para estar en las tribunas como si en la cancha hubiera jugadores y una pelota… pero lo que hay son pantallas gigantes. A los demás nos quedaba ver el partido en algún bar.

En el mismo viaje de retorno a Bilbao me entero —vía Twitter— de que la AFA finalmente resolvió que seguirá habiendo dos campeonatos pero un solo campeón, o que dejará de haber dos campeonatos y que el mamarracho sea uno solo. Un intento de dejar a todos contentos que no deja contento a nadie. Ese sistema ya se experimentó hace 22 años (cómo pasa el tiempo…) y tuvo como campeón a aquel Newell’s del Loco Bielsa. El mismo Bielsa que, en unas horas, iba por otro título…

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Del partido, ¿qué puedo agregar? El Atlético fue un justo campeón. Quizás al joven plantel del Athletic le pesó la final. Y al Atleti le salieron todas: un gol de otro planeta a los 7 minutos, un segundo golpe demoledor al aprovechar el error de un defensor... Posiblemente si juegan diez partidos solo uno termina con tres goles de diferencia, pero no jugarán otros nueve partidos, ni siquiera uno más: la final fue la que fue, y se acabó.

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La televisión muestra las lágrimas de algunos hinchas del Athletic que viajaron a Bucarest y yo veo las lágrimas a mi alrededor. Estos hinchas estaban muy ilusionados con ganar el primer título continental (solo habían llegado a una final de la Copa UEFA, en 1977, cuando cayeron ante la Juventus), tenían todo listo para reeditar las fiestas con que celebraron la clasificación en las fases previas pero multiplicadas por diez, por cien o por mil… Pronto las calles se llenan de gente triste que vuelve en procesión triste, con la sensación de planes cambiados, la certeza de la fiesta arruinada.

Así es el fútbol: unos ganan y otros pierden.

A la medianoche, cuando iba rumbo a la terminal de autobuses en busca del que me llevaría de vuelta a Madrid, me crucé por la calle con muchísimos de esos chicos y chicas que, vestidos con camisetas rojiblancas, muchos de ellos aún con las caras pintadas, no estaban dispuestos a que la derrota los privara de la fiesta nocturna. Gritaban y cantaban, no por Fernando Llorente, ni por Javi Martínez, ni por Susaeta, ni siquiera por el Athletic: sus cantos eran —con músicas tomadas de los repertorios de Celia Cruz y Gloria Gaynor— «Marcelo Bielsa… lo lo lo lo lo lo… Marcelo Bielsa...». Muchos de esos pibitos no habían nacido aún cuando hace 21 años aquel Newell’s del Loco Bielsa era campeón en la Bombonera.

En una entrevista publicada en el Nº 6 de la revista de fútbol Panenka, que se edita en Barcelona, le preguntan a Pacho Maturana:

—Monumental de River, 1993. Colombia entra al estadio entre insultos y hostilidad de la barra argentina. Dos horas después, lo abandona ovacionada. ¿Cómo es la historia de aquel 0-5?
—Aquello lo explican dos cosas: la magia del fútbol es una. Y la segunda, la historia de los grandes países. Si Colombia derrota 0-5 a Chipre, por ejemplo, tal vez salimos del estadio en tanquetas de la policía. Pero si se le gana así a un grande es diferente. Los grandes saben perder.

Lo que hace grandes a los países son las grandes personas. Personas como Marcelo Bielsa.