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31 de agosto de 2011

La obsesión por el monstruo




EL COCO O MICHAEL JACKSON

Agustín Fernández Mallo —en una charla en la Casa Encendida de Madrid, hace como dos años— se refirió al tema del «monstruo» en la literatura. Pero el monstruo entendido según la primera acepción del diccionario de la RAE: «Producción contra el orden regular de la naturaleza». En tal sentido, recuerdo que mencionó a Michael Jackson como ejemplo de monstruo; arriesgó que era eso (por estar en contra del orden regular de la naturaleza) por lo que costaba tanto entender/aceptar al llamado rey del pop.

Cada cultura crea sus propios monstruos. El miedo a lo desconocido nos hace pensar en cosas que van en contra del orden regular de la naturaleza, cuando en realidad son contrarias a lo que nosotros creemos que es el orden regular de la naturaleza. (En la escuela nos enseñaban que cultura es todo lo que no es naturaleza; nada de eso: la naturaleza es, también, una creación de la cultura.) Por ejemplo: el hombre de la bolsa, el cuco, las brujas… Quizá Fernández Mallo, al poner a Michael Jackson como ejemplo, recordó la antológica escena de Los Simpson en que Bart le dice a Milhouse:

—¡El alma, por favor! Eso del alma no existe. ¡Lo inventaron para asustar niños, como el Coco o Michael Jackson!

MONSTRUOSIDADES

Los estadounidenses son unos maestros en esto de crear monstruos. Crearlos e instalarlos en la cultura popular, sobre todo por medio del cine. Los rusos, los terroristas musulmanes y los extraterrestres han sido y son sus preferidos. El Mal siempre se encarna en ellos (el Bien, por supuesto, en unos cuantos yanquis rubios y guapísimos y que suelen votar a Morgan Freeman como presidente).

Ahí en los cines tenemos un ejemplo más: Super 8, dirigida por J. J. Abrams, el creador de Lost. La película llega con un aura especial, montada en torno a la figura de Steven Spielberg: no solo debido a que él es el productor, sino también —y principalmente— porque su ubicación temporal y sobre todo su estética terriblemente ochentosa (el título podría ser Super 80) remiten directamente a ET: los protagonistas preadolescentes, el pueblito perdido de EE. UU., las bicicletas…

En fin, todo bien, cada uno tiene derecho a homenajear a quien desee, e incluso de homenajearse a sí mismo. La cuestión es que, como el lector y la lectora atentos ya sospechan, en Super 8 aparece un monstruo. En la segunda acepción del diccionario: «Ser fantástico que causa espanto». Pero a ese monstruo… yo lo tengo visto de algún lado.

¡Sí, ya sé! El amigo J. J. Abrams tiene en su haber, además de Lost, la producción de una película que en la Argentina y España pasó más bien inadvertida. Se llamó Cloverfield y se estrenó en 2008. Ya hablé de ella aquí en el blog, en el post titulado «Más sobre Lost: cuatro libros y una ilusión final». Cuenta la historia del ataque a la ciudad de Nueva York (¿a qué otra ciudad va a ser?) por parte de… un monstruo. Un monstruo que se le parece mucho, mucho, muchísimo, al de Super 8.


¡Oh casualidad! ¿Cón qué título se distribuyó esta película en castellano? Monstruoso en España, Monstruo en América latina.

COMO HERMANOS GEMELOS

Cuando, después de ver Super 8, me pregunto por el parecido entre ambos bichos, voy a preguntarle al Sr. Google. Y descubro que no soy el primero:


También leo por ahí que Abrams lo desmiente, después se ve en la obligación de desmentirlo y luego lo vuelve a desmentir: no hay relación entre Super 8 y Cloverfield. De hecho, al momento en que escribo estas líneas, la IMDB anuncia para 2014 una aún sin título secuela de Cloverfield

ORIGINALIDAD CONTRA NATURA

Cuando todavía los personajes de Super 8 ignoran quién es el responsable de las anomalías que sufren en su pueblo, hacen la acusación obvia: «¡Son los soviéticos!». Esa escena, que vista desde hoy (además de que la Unión soviética ya no existe, sabemos que en los 80 era un gigante podrido por dentro, incapaz de perpetrar los daños que el paranoico imaginario norteamericano temía), podría verse como una parodia de los remanidos miedos estadounidenses, si no fuera por un hecho: el contexto.

Toda la película está tan llena de clichés y lugares comunes que la acusación a los rusos pasa como uno más. No solo repite fórmulas, sino que Abrams parece copiarse a sí mismo. De nuevo el recurso de una cámara que graba: Cloverfield vuelve a la idea alguna-vez-novedosa de que la película es el material original y sin editar de una cinta hallada en el lugar de los hechos…

Lost es grande gracias a que, sí, hay un monstruo —el Humo Negro—, pero hay muchísimo más que un monstruo. La gran pregunta es: ¿cómo puede ser que, después de tantos años de cine, de tantos avances tecnológicos, de tanto dinero, con una audiencia tan entrenada como ya somos todos, que tenemos miles de películas y series y videos a un click de distancia, cómo puede ser que, a pesar de todo eso, a la hora de gastarse millones para hacer una película, a esta gente no se le ocurra ni una sola idea original? Y pienso también en Avatar y en tantas otras…

Un verdadero monstruo va a ser la película para la que se destinen tantos esfuerzos, tanto dinero, tanta tecnología y tantos efectos visuales como estas de Hollywood, pero que además sea original e inteligente y nos entretenga. Monstruo en la tercera acepción del diccionario: «Cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea». Aunque también en la primera, porque sentiremos que atenta contra el orden regular de la pobre naturaleza que nos hemos sabido construir.

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15 de febrero de 2011

Más sobre Lost: cuatro libros y una ilusión final

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PILOTO. Hace un año unabirome comenzaba su andadura por los terrenos digitales. Y lo hacía con un artículo sobre Lost. En concreto, sobre «la presencia de la literatura en Lost, el mayor hito de la cultura popular de la primera década del siglo XXI». Para celebrar el primer aniversario del blog entrego un artículo que me encantaría presentar al revés que el primero: «La presencia de Lost en la literatura». Lamentablemente, creo que aún es un poco pronto para que esa influencia se note, así que me consolaré con comentar algunos libros que hablan de la serie. Y contar una ilusión (disfrazada de propuesta) al final.

Lost. Enciclopedia Oficial de Perdidos
de Paul Terry y Tara Bennett

Para empezar a hablar, quizá nada mejor que esta obra monumental. Una auténtica biblia para fanáticos. A lo largo y a lo ancho de sus 400 páginas, te podés encontrar todo, todo, todo lo que te imagines acerca de Lost. Fichas de todos los personajes (incluso los de paso fugaz), los lugares y momentos clave, la aparición de los números, los juegos a los que juegan, los libros que leen, los significados ocultos de símbolos que ocuparon un segundo o tercer plano en la pantalla… y mucho más. Difícil destacar algo cuando todo es tan jugoso.

Me quedo con un fragmento del prólogo de Damon Lindelof y Carlton Cuse:
Lo que se vio por televisión, la serie propiamente dicha, era el diez por ciento del iceberg que sobresale del agua. Sin embargo, la mayor parte del tiempo que pasamos en la sala de guionistas nos dedicamos a construir la parte sumergida. Los detalles. Las líneas temporales. Los antecedentes... Ahora que la serie ha terminado, ha surgido una gran curiosidad acerca de nuestro proceso... Así que ahora están contemplando la primera y única Enciclopedia Oficial de Lost.

Perdidos en el mundo imaginal, de Ángel Almazán de Gracia

Este es un libro impresentable. Parece enunciar, en el comienzo, buenas intenciones: vincular la serie con ideas y paradigmas de la psicología, de la mitología, de la historia de las religiones… Pero enseguida —después de un resumen argumental de la serie en el que se equivoca más de una vez— empieza a enredarse con los autores que cita (una mezcolanza que va de Carl Jung a José Lezama Lima e Ibn‘Arabi, pasando por Dante Alighieri, María Zambrano, Platón, etc., etc.,etc.) y termina haciendo un embrollo descomunal.

Lo peor de todo es que este hombre no entendió la serie. Al igual que muchos que tocaron de oído en mayo del año pasado, luego de la emisión del capítulo final, este tal Almazán de Gracia dice que todos los pasajeros del vuelo Oceanic 815 murieron en el accidente, y que todo lo que hemos visto a lo largo de seis temporadas ha sido el Purgatorio de los personajes (!!!). Cualquiera que haya visto la serie con un mínimo de atención sabe que esto no es así; baste una irrefutable demostración, lo que le dice Christian Shephard a Jack en el diálogo del final: «Todos morimos alguna vez, hijo. Algunos murieron antes que tú y otros mucho después». Es decir, no murieron todos al mismo tiempo.

Este libro —de cuya existencia me enteré de casualidad, que valoré como el hallazgo de un tesoro y que hoy me hace arrepentirme de haberlo llevado a la Argentina como regalo para un amigo— es, por lo demás, aburridísimo. Más vale perderlo que encontrarlo.

Lost. La filosofía, de Simone Regazzoni

De esta obra hablaré más que de los otros. Publicada en Italia en 2009, mientras se emitía allí el final de la quinta temporada, apareció en castellano el año pasado, justo antes de que comenzara la temporada final. Su autor es italiano y tiene 35 años; su formación proviene de la filosofía; es catedrático en la Universidad Católica de Milán.

Regazzoni apela a varios de los principales nombres del pensamiento contemporáneo (Deleuze, Foucault, Derrida, Barthes, Eco) para desmenuzar la serie a partir de varios ejes para los que el programa da mucho juego: los conceptos de isla y de verdad, la vida y la muerte, la posibilidad de que lo que llamamos realidad no sea más que el fruto de una percepción alucinada (o de muchas), lo relativo y el punto de vista, la memoria como una forma de la imaginación. No diré que se trata de un libro revelador, pero su lectura es interesante y amena, y viene bien para masticar asuntos que se presentan todo el tiempo ante nosotros mientras seguimos las innumerables peripecias de los personajes.

Destacaré un par de momentos.

UNO. Primero, el capítulo «La ilusión del mundo exterior». Allí, Regazzoni se refiere a la idea de que el mundo, todo lo que nos rodea, sea una ilusión. Reseña las Meditaciones metafísicas de Descartes y glosa el episodio de Lost en que sus autores —como en tantas otras ocasiones— utilizan explícitamente una idea que, en los círculos concéntricos de la serie (léase foros de fans en internet), se planteaba como posibilidad. Se trata del episodio 18 de la segunda temporada, titulado «Dave».

La idea de que la realidad sea la proyección de una mente no implica que detrás haya un ser humano, dice el escritor italiano, y apunta que esa mente podría ser la de la propia Isla «si fuera, como defienden algunos, un Valis (acrónimo de Vaste Active Living Intelligent System —Vasto Sistema de Inteligencia Viva y Activa—)».

El asunto se complejiza cuando Regazzoni menciona que en el capítulo 4 de la temporada IV (titulado «Eggtown») Benjamin Linus lee la novela Valis, de Philip K. Dick, en cuya trama tiene un papel central una película llamada, precisamente, Valis, la cual habla de «un satélite inteligente de naturaleza no humana que influye en la vida sobre la Tierra». (¿Adivinan cómo se llama el tal satélite? Por supuesto: Valis.)

Pero lo que se le escapa al filósofo italiano, y es aquí adonde quería llegar, es que en ese mismo capítulo aparece otro libro: La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. Por si hace falta, recordemos la trama de la novela: una maquinaria metida en las entrañas de la isla reproduce (crea) un mundo en ella. Inteligencia de naturaleza no humana que, más que influir en la vida sobre la tierra, la crea, le da sentido. Así, la Valis de Dick no constituye más que una pista para entender la alusión más directa y cercana, la Valis de Bioy.

Y DOS. Lo otro que me interesaba resaltar se refiere a los juegos ficción-realidad de los creadores de Lost. Todo iniciado sabe que en la web se pueden hallar páginas que presentan como si fueran reales a actores ficticios como la aerolínea Oceanic, el grupo DriveShaft y las fundaciones Hanso y Valenzetti; el libro comenta una pieza en el puzzle mucho más sutil.

Resulta que hay una película llamada Cloverfield, estrenada en 2008 y coproducida por J. J. Abrams, uno de los cráneos detrás de Lost. (Lleva además música de Michael Giacchino, compositor de las bandas sonoras de todas las temporadas de la serie.) Yo no tenía idea de la existencia de este filme, pero me lo conseguí tras leer el libro. No te perdés nada si no la ves: es apenas un ejemplar más del modelo de peli que se presenta como material-sin-editar-encontrado-en-el-lugar-después-de-los-hechos, aquello que fue novedad con The Blair Witch Project y luego usado hasta el hartazgo.

En este caso, se trata de una supuesta cámara «propiedad del gobierno de EE. UU.»; en los primeros segundos de la cinta uno puede ver una señal de ajuste, el escudo de la CIA… y el logo de la Dharma Initiative. Jamás me habría dado cuenta si no fuera porque lo dice el libro. Vi la película y no lo descubrí. Volví a ver ese comienzo y tuve que verlo muchas veces hasta descubrir que ahí, como un flash, durante una nada de tiempo, aparece, abajo, a la derecha de la pantalla (click sobre la imagen para ver bien grande):


También lo muestra este video; recomiendo verlo para darse cuenta de lo difícil de verlo, casi imperceptible, que resulta. Quizás algún día nos enteremos de que el monstruo que en la película ataca Nueva York —una nueva reencarnación de Godzilla— sea un producto de la Iniciativa que hizo tantas pruebas en la Isla. Otro producto que salió mal.

La filosofía de Lost, de Sharon M. Kaye

El libro que completa el cuarteto… ¡no lo leí! Tengo que conseguir un ejemplar. Lo publicó en castellano la editorial argentina Libros del Zorzal, y no sé si será tan fácil de conseguir aquí en España. Ya les contaré…

THE END. Hoy en día, y casi un año después de su finalización, Lost se me aparece como una de esas bolas de espejos de los boliches: con apariencia de perfección y sus mil caras, si se lo señala con una luz dispara reflejos que permiten iluminar en incontables direcciones. Y cuanto más intensa la luz con que se lo apunta, más lejos llegan sus recorridos.

Me dan ganas de seguir y seguir hablando de Lost, escribiendo sobre Lost, pensando en Lost… Me parece curioso que, más allá de las miles de páginas que se han escrito en internet, la mayoría de los libros que se publicaron sobre la serie hablan de filosofía. Como si un soporte tradicional (el papel) necesitara vincular el show con una disciplina tradicional (la filosofía) para justificar su existencia. ¿Cuándo llegarán los libros (o textos en cualquier soporte) que se refieran de manera sistemática a todo lo demás que hay en Lost, además de filosofía? ¿Cuánto falta para que otros potentes reflectores lancen sus haces de luz hacia la bola de espejos? ¿Y si empezamos nosotros mismos, desde acá? ¿Alguien se anima…?

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19 de julio de 2010

¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?

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UNO. Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, dice el clásico de Lito Nebbia. Quizá sería más preciso decir que hay otras historias, en plural. Porque suele pasar que los que ganan son pocos, y los que pierden, muchos. En todos los ámbitos de la vida: en el capitalismo, en las guerras, en un casino, en los mundiales de fútbol.

Hay, además, una tercera categoría: las historias de lo que pudo haber sido. Los analistas políticos suelen desdeñar este tipo de proyecciones: «No tiene sentido hablar del qué habría pasado si...», afirman, amiguísimos como son de hablar con el diario del lunes. Pero ¿por qué no hablar de lo que habría pasado si? ¿Por qué no imaginar esos mundos paralelos? ¿Por qué no ser nosotros quienes escribamos la historia de lo que pudo haber sido?

DOS. La película Inglorius Basterds, de Quentin Tarantino (Bastardos sin gloria en Latinoamérica, Malditos bastardos en España), plantea una versión de algo que pudo haber sido durante la Segunda Guerra Mundial. Y eso le ha valido críticas y reparos, como si imaginar una versión distinta de hechos muy conocidos quebrara un pacto narrativo imprescindible.

Recuerdo haber visto, hace muchos años, una película muy mala pero que me había entusiasmado por su planteo argumental: transcurría en la época contemporánea pero en un mundo en el que Hitler había ganado. El filme, como decía, es muy malo, ni siquiera recuerdo su nombre; se lo puede criticar por todo pero no por imaginar esa versión alternativa. Quizá sea algo que se le conceda sin problemas a una producción de poca monta, pero no a un cineasta de renombre como Tarantino. Y si Tarantino quiere imaginar un final alternativo, ¿qué?

TRES. El sábado pasaron por la Televisión Española un documental titulado A propósito de Borges (que se puede ver completo aquí). El programa está organizado sobre una serie de metáforas-ejes argumentales de la obra del escritor: espejos, laberintos, etc. Uno de estos ejes fue «Física cuántica», y allí hablaron de los viajes en el tiempo y las posibilidades que estos plantean: por ejemplo, que alguien viaje al pasado y mate a su abuelo, de modo que el nacimiento del propio asesino resulte imposible. Este tipo de paradojas –cualquiera lo sabe– ha desarrollado un verdadero subgénero dentro del género de la ciencia-ficción.

¿Cuál es la respuesta que da la ciencia ante este tipo de problemas? La existencia de mundos paralelos. Eso que nos hicieron creer durante toda la última temporada de Lost, eso que tan maravillosamente retrata Volver al futuro. (Después de Volver al futuro parecía imposible hacer cualquier cosa sobre viajes en el tiempo que no sonara viejo o ñoño; tenía que llegar Lost.)

Entonces, ¿qué pasaría si mañana consiguiéramos viajar en el tiempo y alguien fuera al pasado y acabara con Hitler cuando era un joven que probaba suerte como artista en Austria? Supuestamente nada para nosotros. Pero a partir de ese punto se dispararía una nueva línea de tiempo: la de un mundo sin Hitler.

CUATRO. Inevitablemente tenemos que al menos mencionar aquí el Efecto Mariposa y sus dos mejores productos: el cuento de Ray Bradbury “El ruido de un trueno” y el antológico capítulo 6 de la sexta temporada de Los Simpson, en el que Homero viaja al pasado con una tostadora.

CINCO. Pero también vale cuestionarse, en este preciso punto, otras cuestiones. Si mañana mismo alguien inventara la máquina del tiempo, ¿a alguien de verdad le interesaría viajar al pasado y evitar la Segunda Guerra Mundial? ¿Los poderosos –que serían, por supuesto, quienes dispondrían qué hacer y qué no hacer con la máquina– acaso no temerían que, si la historia cambiara, ellos perdiesen su poder? Es decir, la máquina la usarían los ganadores, los que han escrito la historia. ¿Qué interés tendrían en reescribirla?

Además, en caso de que algún día sea posible viajar en el tiempo, ¿cuánto falta para ese entonces? Si hoy tuviéramos la posibilidad de cambiar hechos de la historia, ¿buscaríamos evitar la Segunda Guerra Mundial, o algo más reciente? ¿A alguien hoy en día podría interesarle evitar las miles de muertes causadas por las guerras napoleónicas, por ir «sólo» un par de siglos hacia atrás? A los nietos de nuestros nietos que consigan viajar en el tiempo, ¿les importaría cambiar su pasado remoto, que es nuestro presente?

¿Y quién dice que no lo han cambiado ya? ¿Cómo saber si no lo han cambiado y existen dos, tres, muchos mundos paralelos, en los que Hitler murió joven, en los que los indios americanos y los negros africanos y los nativos asiáticos no fueron sometidos por los europeos, en los que nadie pasa hambre?

¿Y si este mundo en que vivimos es el resultado de muchos arreglos? ¿Si los mundos paralelos son mucho peores, y el nuestro es la versión más mejorada que los viajeros temporales supieron conseguir?

SEIS. A años luz como estamos los simples mortales de visitar épocas lejanas, lo que nos queda es, como siempre, imaginar. Contar historias, y para contar esas historias, que nadie nos limite. Escribir historias de lo que fue y lo que no fue, de lo que pudo haber sido, de lo que podrá ser, de lo que nunca será. Que para eso no hace falta ganar nada.

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5 de junio de 2010

«Atención, contiene spoilers»: algunas ideas sobre el final de Lost (y otros finales)

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Si no viste el último capítulo y pensás verlo, no leas este post.
(Ni siquiera veas las imágenes.)

UNO. El final de Lost levantó polvareda aquí y allá, en todas partes. Por lo que vi y escuché, a la mayoría de los seguidores de la serie el final no sólo no le gustó, sino que dijeron que fue una estafa. O no lo entendieron: dicen por ahí que «al final estaban todos muertos». Pero otros sí quedaron satisfechos. La sensación ante el final está íntimamente ligada —por supuesto— a las expectativas que cada uno abrigara, pero también —creo— con lo que cada uno entiende por el final de una historia.

DOS. Escribe Ricardo Piglia, en su ensayo «Nueva tesis sobre el cuento», publicado en su libro Formas breves, de 1999:

¿Qué quiere decir terminar una obra? ¿De quién depende decidir que una historia está terminada? Flannery O'Connor, la gran narradora norteamericana, contaba una historia muy divertida.

«Tengo una tía que piensa que nada sucede en un relato a menos que alguien se case o mate a otro en el final. Yo escribí un cuento en el que un vagabundo se casa con la hija idiota de una anciana. Después de la ceremonia el vagabundo se lleva a la hija en viaje de bodas, la abandona en un parador de la ruta, y se marcha solo, conduciendo el automóvil. Bueno, esa es una historia completa. Y sin embargo yo no pude convencer a mi tía de que ese fuera un cuento completo. Mi tía quería saber qué le sucedía a la hija idiota luego del abandono.»

Los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia. Sin finitud no hay verdad, como dijo el discípulo de Husserl. Y por lo visto la tía de Flannery no ha encontrado el sentido de esa historia.

TRES. En el final de Lost, Jack se muere. (Hablemos del final del hilo argumental principal, y dejemos para después eso que, a falta de nombre mejor, llamaremos el universo alternativo.) Y sin embargo esa muerte no basta para las miles de tías de Flannery O'Connor que seguían la serie y que, inmediatamente después de la finale, salieron a aullar su desencanto.

¡Al final no explican nada!, lloraron en los foros de internet. ¿Qué es la isla? ¿Qué pasa con Hurley y Ben después de la muerte de Jack? ¿Cómo vuelve Desmond —si es que vuelve— al mundo de fuera de la isla para vivir con Penny y su hijo? ¿Qué había antes de la madre de Jacob y su hermano Smokey? ¿Qué pasa con Sawyer, Kate, Claire y los demás que despegan en el avión? ¿Y con Rose y Bernard?


CUATRO. Sigue diciendo Piglia:

La experiencia de errar y desviarse en un relato se basa en la secreta aspiración de una historia que no tenga fin; la utopía de un orden fuera del tiempo donde los hechos se suceden, previsibles, interminables y siempre renovados.

En el fondo todos somos la tía de Flannery, queremos que la historia continúe... sobre todo si la novia ha quedado abandonada en una estación de servicio.

Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas, oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles, laboratorios donde se experimenta con las pasiones personales.

Los relatos nos enfrentan con la incomprensión y con el carácter inexorable del fin pero también con la felicidad y con la luz pura de la forma.

La tía de Flannery está «en la vida» y en la vida hay cruces, redes, circulaciones y los finales se asocian con el olvido, con la separación y con la ausencia. Los finales son pérdidas, cortes, marcas en un territorio; trazan una frontera, dividen. Escanden y escinden la experiencia. Pero al mismo tiempo, en nuestra convicción más íntima, todo continúa.

CINCO. En el fondo todos somos la tía de Flannery y queremos que la historia continúe... sobre todo si seguimos sin saber qué es la isla, y si Sawyer y Kate se van en el mismo avión, etc., etc.

Pero ¿acaso convenía que supiéramos qué es la isla? Una de las explicaciones menos felices que Lost nos ha ofrecido fue la de los susurros, enunciada por Michael a Hurley en el episodio Everybody Loves Hugo (6x12). ¿Nos hubiera gustado que de pronto Jacob o alguien nos dijera «la isla es tal cosa»? A mí, personalmente, para nada. Y además sí que nos lo dijo —en el episodio Ab Aeterno (6x09)—: era el tapón que evitaba que el mal (o lo que el Humo Negro fuera) se diseminara por el mundo. Cualquier agregado habría estado de más.

Es curioso que la utopía de la que habla Piglia se haya dado, en Lost, en el universo alternativo: un orden fuera del tiempo (a Jack su padre le dice que en ese lugar «no hay ni aquí ni ahora») donde los hechos se suceden, previsibles, interminables y siempre renovados. El lugar que todos ellos crean (es decir, la ficción dentro de la ficción) para reunirse con las personas más importantes de sus vidas.

En ese universo alternativo pasa lo que en la vida real sería impensable: los caminos de los pasajeros del vuelo 815 de Oceanic se entrecruzan y confluyen. La felicidad, la luz pura de la forma. En la vida real (el primer grado de la ficción), en tanto, hay cruces, redes, circulaciones: Jack —al igual que los Kwon, que Sayid, que Charlie, que tantísimos otros— se muere, Kate y Sawyer y varios más se van, Hurley, Ben y Desmond se quedan. No sabemos qué será de ellos. Como en la vida misma.

SEIS. Piglia, una vez más:

El poeta Carlos Mastronardi ha escrito: «No tenemos un lenguaje para los finales. Quizá un lenguaje para los finales exija la total abolición de otros lenguajes.»

Para evitar enfrentarnos con este lenguaje imposible (que es el lenguaje que utilizan los poetas) en la vida se practican los finales establecidos. Los horarios entre los que nos movemos cortan el flujo de la experiencia, definen las duraciones permitidas. Los cincuenta minutos de Freud son un ejemplo de ese tipo de finales.

La literatura en cambio trabaja la ilusión de un final sorprendente, que parece llegar cuando nadie lo espera para cortar el circuito infinito de la narración, pero que sin embargo ya existe, invisible, en el corazón de la historia que se cuenta.

En el fondo la trama de un relato esconde siempre la esperanza de una epifanía. Se espera algo inesperado y esto es cierto también para el que escribe la historia.

SIETE. Los realizadores de Lost declararon en numerosas ocasiones que no sabían cómo terminaría la historia pero sí que, desde el principio, tenían en la cabeza la imagen final. Esto es: Jack en el suelo, en el mismo lugar de la primera escena de la serie, Vincent echado junto a él, su ojo derecho se cierra, la muerte. La esperanza de la epifanía estaba escondida en el entramado de la serie, pero el final era inevitable, estaba ya en el corazón de la historia. ¿O acaso Jack no se pasó toda la última temporada exclamando que él no se iría de la isla? Lost es una historia y muchas a la vez, y una de ellas es la de Jack: el hombre de ciencia que poco a poco se va convenciendo de su destino y lo forja con sus decisiones. «Si no podemos vivir juntos, moriremos solos», había anunciado él mismo, en una de las frases más entrañables de la serie. Al final él muere solo, pero con Vincent. Y muere contento, porque ha vencido al enemigo.

OCHO. Lost es una historia completa. La tía de Flannery O’Connor, sin embargo, difícilmente lo entendiera. Como todos somos un poco esta mujer, quedamos preguntándonos qué habrá sido o qué será. Yo ya me imagino los cómics que algún friki cree, en los que cuente el gobierno de Hurley en la isla, las batallas de la juventud de Ben Linus y Charles Widmore, otros experimentos de la Dharma Initiative…

Dicen que el lector ideal desea al mismo tiempo, por un lado, acabar rápidamente el libro, para así saber cómo termina la historia, y por eso lo lee vorazmente; y, por otro, no quiere que el libro se acabe, porque le da pena que se termine y ya no poder seguir leyéndolo. En esa dicotomía nos movimos en los últimos meses, sabiendo además que los tiempos no dependían de nosotros, sino de esos demiurgos que nos tuvieron en vilo durante tanto tiempo. Aunque, ¿qué demiurgo detrás de estos demiurgos la trama hilaban de polvo y tiempo y sueños y agonías?

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19 de febrero de 2010

«¿No tienes algo de Stephen King?»

La presencia de la literatura en Lost, el mayor hito de la cultura popular 
de la primera década del siglo XXI


UNO. La tercera temporada comienza con una reunión: los Otros se juntan a hablar de libros. El tema en cuestión es Carrie, la novela de Stephen King. Uno de los personajes, Adam, exclama: «¡No es literatura, es popcorn!». Alguien quiere saber por qué no es literatura, y él responde: «No hay metáfora. Es sólo por los números, es magia religiosa. Es ciencia ficción».

¿Habla de Carrie... o de Lost, de la propia serie? ¿La escena no se asemeja demasiado a un juego de los realizadores, que ponen en boca de un personaje las críticas que reciben por parte de sus detractores (o que saben que van a recibir, porque esta escena configura el pasado y el futuro de la historia, si caben estos términos para hablar de Lost)?

Inmediatamente después, y sin que parezca venir a cuento, alguien pregunta por Ben. Todavía no sabemos quién es Ben, pero parece importante, o al menos lo parece su ausencia. Las críticas se dirigen más tarde a Juliet, anfitriona y electora del libro en cuestión (Adam le espeta que «no lo leería ni en el baño», como si el baño estuviera reservado para la mala literatura), y ella se refugia en el sarcasmo: «¡Tonta de mí por elegir algo que a Ben no le gustaría! Aquí estoy, pensando que el libre albedrío todavía existe…»

Y en ese momento la tierra tiembla, porque Desmond no ha presionado el botón, y el cielo les regala un avión que se parte en el aire. Y la vida —la de ellos y la nuestra— cambia. Ya nada será lo mismo.

DOS. Porque Lost es mucho más que un éxito televisivo: es un hito de la cultura popular. El mayor de la primera década de este siglo, sin dudas. Porque esta serie cambia la forma de leer una historia.


Leer en un sentido amplio, claro está. Las analepsis y prolepsis ya existían, los viajes en el tiempo también, y las islas misteriosas, y los mundos paralelos… Pero la técnica narrativa (dice Daniel Link que esta serie es pura forma, que el contenido casi no interesa), el manejo de los tiempos, el suspenso y la intriga, la construcción de los personajes, los puntos de vista, son elementos manejados de modo preciso y certero por parte de los realizadores.

Y, fundamentalmente: Lost no habría sido lo que es sin internet. De otro modo, ¿cómo entender que las mediciones oficiales de audiencia de la serie hayan caído a medida que pasaban las temporadas, o que el esperadísimo comienzo de la final sesion no haya sido lo más visto el día de su estreno en EE.UU.? Es que Lost es la serie pero además es los capítulos disponibles para su descarga
al día siguiente de su estreno en TV, su circulación en P2P, los tipos que se pasan toda la noche subtitulando, la Lostpedia, el millón y medio de teorías enarboladas en los foros y blogs que los hacedores del programa consultan religiosamente, los videos falsos de la Iniciativa Dharma o los «Oceanic Six», el material extra «exclusivo» de los DVDs publicado en YouTube, etc.

Es decir: Lost es la versión moderna (o posmoderna, como quieran) del éxito folletinesco de Dickens, o del Quijote
cuyo suceso genera una secuela apócrifa o de Sherlock Holmes, que vuelve de la muerte por exigencia del público... sólo que aquí el público no sólo reclama o compra, sino que participa, crea, actúa, determina. Lost, un relato-rompecabezas del tamaño que cada uno prefiera.

TRES. Cuando Ben —antes, en la segunda temporada, cuando todavía lo conocemos bajo el nombre de Henry Gale— recibe de John Locke un ejemplar de Los hermanos Karamazov, le pregunta: «¿No tienes algo de Stephen King?». O está siendo irónico, o el concepto que Adam tiene de los gustos literarios de Ben es erróneo.

Hay un documental de ocho minutos que forma parte del material extra que acompaña la edición en DVD de la tercera temporada, titulado The Lost Book Club [«El club del libro de Lost»]. Allí los hacedores de la serie hablan de su pasión por Stephen King; el video muestra varios de los «pasajes literarios» de la serie, cuya cúspide está dada por el contrapunto dialéctico entre Sawyer y el propio Ben citando fragmentos de De hombres y ratones. «¿Acaso no lees?»

El video se puede ver completo aquí:


Podemos pensar, entonces, en una dicotomía de las que tanto les gustan a los hacedores de Lost: Stephen King y Dostoievsky, literatura popular vs. literatura culta, Jacob contra el hombre de negro, el backgammon, las piedritas en los bolsillos de Adán y Eva… ¿El Bien contra el Mal? Eso ya parece excesivamente simplón. Más bien, diría yo, la disputa de dos fuerzas o dioses plagados de imperfección.

CUATRO. Ya que el chauvinismo patrio suele jactarse de que «en todas partes hay un argentino», también lo hay aquí: en el cuarto capítulo de la temporada 4 (titulado «EggTown»), Sawyer aparece en dos escenas leyendo La invención de Morel. Libro que, como ellos mismos lo han reconocido, ejerció su influencia en los realizadores de la serie.

La aparición de Bioy Casares, hay que decirlo, le hace justicia no sólo literariamente. Cuando Sawyer está leyendo en la cama, Kate va adonde él está y se rinde a sus brazos. Como si la novela de ese dandy que fue don Adolfo representara un talismán: leelo y la chica linda será tuya.

CINCO. Entonces, ¿es popcorn? Para algunos lo será, sin dudas. No tengo ninguna intención de polemizar con (ni evangelizar a) nadie. Prefiero hablar de lo que de verdad importa. Los que saben dicen que el final de Lost defraudará, porque ha creado tantas expectativas que no puede ser de otra manera. Lo que es probable es que no todos los misterios serán resueltos. ¿Sabremos finalmente qué magia esconden esos números? ¿Cómo es que la imagen de Walt aparece en una lata de comida Dharma? ¿Quiénes eran (o son, o serán) Adán y Eva?

Pero una de las preguntas que —seguro— quedará sin respuesta es la planteada más arriba: ¿Stephen King o Dostoievsky? Como el yin y el yang, cuando parece que uno gana, el otro está ahí metido asegurándonos que no puede ser derrotado. Crimen y castigo también se publicó, originalmente, como folletín.

Quizá sea ese el más importante mensaje de Lost: lo mejor surge de abrevar de todas partes, fundir y reinventar. Conozcan todo y quédense con lo bueno. Elegí bien qué libro querés que sea el último que leas antes de morirte, porque te puede salvar la vida. Y andá con cuidado cuando creas que el libre albedrío existe. No sea cosa que en el cielo de tu isla aparezca un avión partiéndose en pedazos…

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