10 de mayo de 2010

Lo bueno de ser pobres y vivir en un país con censura (II)

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(Preludio) Lo mejor de publicar la primera parte de un post del cual aún no se ha escrito la segunda, es que los comentarios que aquella genera sirven como material para esta última. Un poco como cuando, al comienzo de la segunda parte del Quijote, el Hidalgo y Sancho conversan sobre las repercusiones que ha tenido el libro sobre sus desventuras. Desventuras que han tenido lugar unas pocas horas atrás… Para leer la primera parte, click aquí.

CINCO. La respuesta a las preguntas planteadas en el parágrafo anterior es, sin dudas, no. Comenta mi amigo Octavio al respecto: «Siempre se valora lo escaso. Sea oro, trabajo o virtudes morales. De ahí a gestar una búsqueda premeditada de la escasez, hay un sendero que no quisiera recorrer ni declamar.» Y supongo que la mayoría estaremos de acuerdo con él.

Carmen Martín Gaite no llega a promover en su texto esa búsqueda, pero allí hay una insoslayable mirada cariñosa hacia la situación anterior. Un poco porque siempre nos atraen los opuestos: en la escasez anhelamos la abundancia y, por absurdo que a veces resulte, viceversa. Vemos en la escasez una solución a problemas surgidos con la abundancia. Pero esa solución, desde luego, está en otra parte.

SEIS. Mariano comenta en el post anterior que, tras recorrer la Feria del Libro de Buenos Aires, le quedó la sensación de que «los libros son bastante más caros de lo que deberían». Los libros en la Argentina son muy caros, sí. Y a ese problema se suma la escasa calidad y penetración popular de la mayoría de las bibliotecas públicas.

Ahora bien, ¿cuánto deberían valer los libros? El tema es complejo y no intentaré adentrarme aquí, pero podemos hacer algunas preguntas. Si los precios fueran más bajos seguramente se venderían más, y si se vendieran más, ¿acaso las ganancias de las editoriales no podrían ser las mismas? Más aún: serían superiores, ya que contribuirían a fortalecer el hábito de la lectura, lo cual significa también fortalecer la existencia de compradores de libros (más baratos). Es un círculo.

(Seis y medio, añadido de última hora) Cito un pequeño fragmento de la novela Baroni: un viaje, de Sergio Chejfec, que leo por estos días y que comentaré en el próximo post. Tiene que ver con el asunto del que venía hablando; se refiere a una obra de arte:

[…] También en este momento me pareció una suma inadecuada. No sé si mucho o poco; en todo caso establecía una relación paradójica con la mujer en la cruz [la obra de arte]. La palabra comprar era la correcta, sin embargo nombraba un rito civil o comercial sumario; más incidental que efectivo. Por un lado sabía que no había dinero exacto que resumiera el valor de la figura; por el otro la idea de un cambio de manos, de pertenencia, se revelaba también equivocada. Me sentía más tranquilo pensando en una especie de préstamo, de derecho de posesión, de guarda…

SIETE. El otro comentario del post anterior es de Ezequiel. Cita a Eduardo Galeano: «A los libros los prohíbe el precio». Coincide con Mariano en el doloroso parecido de la situación de los jóvenes de la Argentina de hoy con los universitarios de la España de los años 50. Y sin embargo…

Más de una vez escuché decir que en España se publica mucho más de lo que se lee, mientras que en América latina pasa lo contrario: se lee más de lo que se publica. Y en esto hay que darle —en mi humilde opinión— su parte de razón a Martín Gaite. Porque la española de hoy es una sociedad que ve el libro como un objeto de consumo más.

Por eso, el éxito que tiene el best-seller de turno es arrollador: el año pasado, en cualquier vagón de metro en el que uno viajara, cuatro de cada cinco personas que iban leyendo llevaban frente a sus ojos uno de los ladrillos de Stieg Larsson. Por eso hay gente que compra libros según su tamaño y color para adornar el living de su casa… (Cuando escuché esto por primera vez, no lo podía creer. Y no es una metáfora: me costó creérmelo. Me parecía una aberración tan grande, más o menos como empapelar las paredes con billetes porque su color resultara agradable.)

OCHO. A mí me encantaría que los libros fueran baratos, muy baratos, que nadie se quedara sin leer un libro que desea por motivos económicos. Una de las dos o tres cosas que más me fascinaron cuando llevaba poco tiempo en Madrid fue la posibilidad de llegar sin nada (incluso sin papeles), meterse en una biblioteca pública, hacer un trámite de cinco minutos y poder salir de allí con tres libros publicados recientemente y tres discos (películas, música, CD-Rom, etc.) bajo el brazo, todo gratis. Ojalá fuera así en todas partes. ¿Por qué no soñar con que podrá ser así en todas partes alguna vez?

Siempre nos queda, de todas maneras, la circulación de los libros usados por otras vías. Librerías de viejo, intercambios con conocidos y amigos, ferias, trueques… o iniciativas particulares y curiosas, como ese bar donde alguien dejó descansando ese pequeño ejemplar de Los bravos que ahora tengo en mis manos. En un post de hace algunas semanas hablé de los caminos de nuestras lecturas; el hallazgo de Jesús Fernández Santos es uno de esos recodos sorpresivos y sorprendentes, que nos deparan unos cuantos ratos afortunados y que, como bonus track, nos abren la puerta a nuevas bifurcaciones de nuestras rutas, a nuevos secretos por descubrir. Y mejores, mucho mejores, que los secretos que descubren los personajes de esos best-sellers que tan caros cuestan…

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4 comentarios:

María dijo...

Ahora lo que más quiero en el mundo es "Los bravos"(y también saber cómo poner la cursiva). Es muy valioso, puede ser uno de esos libros que te cambian la vida, y para colmo pareciera ser único.

Ya me has planteado el deseo incontrolable de ir en busca de algo de ese tal Jesús Fernández Santos. Y leerlo cueste lo que cueste. Aunque tenga que empeñar el anillo de compromiso o perder el trabajo por tomar un exceso de tiempo en la búsqueda del tesoro... Incluso, no descarto la posibilidad de volar a España y entrar a tu casa a robar ese ejemplar.

Cristian Vázquez dijo...

Ja ja ja, en la Argentina debe ser muy difícil de encontrar, sí. Igual, ojo: como decís en el comentario al otro post, los libros que te cambian la vida son inesperados... y si llegás a uno esperando que te cambie la vida, será difícil que lo logre. En fin, conviene -creo- entrarle a cada libro con ganas de que nos guste. Lo que suceda después, ya se verá.

Por lo demás, ni arriesgues el trabajo ni tu pareja, ni entres a robar en mi casa (poco encontrarás, además de ese librito). Es más fácil que se lo pidas a algún amigo o amiga que viva por acá...

María dijo...

Todas metáforas, Cristian. Y el anillo ya lo empeñé: para seguir comprando libros, clarísimo.

Pero saco como conclusión que en vez de valorar lo escaso, me pondré a valorar lo abundante. Para seguir nadando contra la corriente.

De todas formas, cuidado, aún sigo interesada en ese ejemplar. De este lado del mar no se consigue... Por eso el gran deseo, el mismo que salvará a "los jóvenes de hoy".

Ezequiel dijo...

Gracias a esas hermosas librerías de "viejo", el martes compré en Adrogué (mi primer libro después de mucho tiempo) uno de Alfaguara, con sus hermosas ediciones (márgenes anchos, tipografía grande), que se llama Cuentos inolvidables según Julio Cortázar. No son cuentos de él, sino los que a él le quedaron en el recuerdo. Bierce, Capote, Borges, Onetti, Faulkner, Felisberto Hernández y otros. 20 pesos. Quizá unabirome sea como Mirtha Legrand y traiga suerte...