4 de junio de 2013

Cortázar antes de Cortázar

Escribí este artículo para la revista Oliverio, de Buenos Aires, en julio de 2004. Lo recupero ahora y lo transcribo casi textual.

Se ha dado en llamar el 2004 como «Año Cortázar», en razón de que en febrero se cumplió el 20° aniversario de su muerte. Ha habido charlas, congresos, reediciones y demás formas del homenaje. Quizá no esté mal esto de recordar a las personas sólo cuando se cumple un aniversario redondo, lo cual habla de nuestra pasión por el sistema métrico decimal. Pero en los múltiples artículos de diarios y revistas publicados en los últimos meses se ha caído en al menos un error y una omisión, que vale la pena destacar. Ambos tienen que ver con las primeras publicaciones de Cortázar, aquéllas de cuando no era un reconocido gran escritor sino un joven que buscaba hacerse un espacio en el mundo de las letras.

El error tiene que ver con el primer cuento publicado por Cortázar. Se afirma que se trata de «Casa tomada». Esta creencia se tiene como verdad a partir de una declaración de Jorge Luis Borges publicada por primera vez en el libro Siete voces, de Rita Guibert, editado en México en 1974: «Tengo el orgullo de haber sido el primero que publicó uno de sus trabajos. Yo dirigía una revista y recuerdo que se presentó a la redacción un muchacho alto que traía un manuscrito. Le dije que iba a leerlo. Volvió al cabo de una semana. El cuento se llamaba “Casa tomada”. Le dije que era admirable y mi hermana Nora lo ilustró».

La revista se llamaba Anales de Buenos Aires y la anécdota es verídica. Ocurrió en 1946. Pero no era el primer cuento que Cortázar publicaba en su vida.

En 1991 Jorge Lanata publicó, en su libro Polaroids, un relato titulado «Una revolución científica», en el cual se narra, en clave fantástica, la historia del supuesto primer cuento publicado por Cortázar. Según este texto, ese cuento se titulaba «Estación de la mano» y apareció a comienzos de 1945 en una revista que dirigía Américo Calí y se llamaba Égloga, cuando Cortázar era profesor de Literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuyo, en Mendoza. Lanata avisa en el prólogo de su libro que ésta es la verdad «contra lo que el propio Cortázar le dijo a Borges en París».

Cortázar volvió a publicar mucho después «Estación de la mano», en su libro de misceláneas La vuelta al día en ochenta mundos, de 1967, con un pequeño prefacio que decía: «Alguien de mi familia encontró hace poco en Buenos Aires unos papeles míos […] y me escribió con el cortés desconcierto del que se topa con algo que sale de las categorías domésticas […] Incurrí en curiosidad por esas huellas que había dejado mi mano en otros tiempos […]; me llegó así un diario de un viaje por Chile hacia el cuarenta y dos, y una especie de cuentecito olvidado y muy tonto, donde justamente se trataba de una mano. Petulante, ingenuo y de un esteticismo ceniciento y Vernon Lee, me enterneció por pasado, por indefenso. Lo doy tal cual…»

Pero no fue tampoco «Estación de la mano» el primero de los cuentos publicados por Cortázar. Según informa Jaime Alazraki en el prólogo al primer tomo de las Obras Completas, publicado en Barcelona el año pasado [2003], en su número de agosto de 1944 la revista Correo Literario, dirigida por Arturo Cuadrado, publicó otro de los cuentos iniciáticos de Cortázar, titulado «Bruja». Sobre él declaró el autor: «Es un cuento que tiene una hermosa idea, muy patética y muy dramática, es un cuento absolutamente fantástico. Y sin embargo, cuando lo vi al lado de los otros de Bestiario, pensé que no, que con él se cerraba el ciclo anterior». Por eso no lo incluyó en ese libro, que se tiene por la primera de sus colecciones de relatos.

Y al parecer hay algo aún antes. Mario Goloboff informa, en su biografía de Cortázar, que el diario El Despertar de Chivilcoy publicó en 1942 el cuento «Llama el teléfono, Delia». Según esta fuente, el cuento habría aparecido sin el consentimiento de Cortázar y bajo el seudónimo de Julio Denis, que el autor ya había utilizado para el libro de sonetos Presencia, de 1938.

«Llama el teléfono, Delia» sería, entonces, el primer cuento publicado de Julio Cortázar.

EL PRIMER LIBRO

«Llama el teléfono, Delia» fue publicado nuevamente cuatro décadas más tarde, como un hallazgo, por el diario Clarín, poco tiempo antes de la muerte de Cortázar. El autor declaró entonces: «No sé quién podía tener ese cuento, que formaba parte de una serie de siete u ocho cuentos que yo escribí cuando era profesor en Chivilcoy. Hice una especie de cuadernillo, hice dos o tres copias de esos cuentos y evidentemente una de ellas, que yo les di a dos o tres amigos, cayó en manos de quienes lo han publicado sin ningún derecho. Y no me refiero a un problema de derechos de autor o cosas de ese tipo: me refiero a un problema de orden moral. Porque esos cuentos no estaban destinados a la publicación, formaban parte de esos cuentos que yo creía haber destruido. A propósito de esos cuentos te diré que las ideas, el argumento, eran en general buenos. Es decir, había juegos con el tiempo y con el espacio, y había una noción de lo fantástico muy desarrollada. Pero la escritura a mí no me parecía digna del cuento. Por eso los dejé siempre de lado, con una doble posibilidad: la de volver a escribirlos de una manera que me dejara satisfecho —cosa que no hice porque me resultó mejor escribir cosas nuevas— o destruirlos».

Cualquiera que se cruce con los dos tomos de los Cuentos Completos que publicó Alfaguara en 1994, y ahora con las citadas Obras Completas, editadas por Galaxia Gutenberg, se encuentra con que, previo a Bestiario, hay otro volumen de cuentos, llamado La otra orilla. Está compuesto por 13 relatos: el tercero es «Llama el teléfono, Delia», el séptimo «Bruja» y el último, «Estación de la mano».

Esta es la omisión. ¿De dónde sale este libro que nadie menciona?

Se trata de esa «especie de cuadernillo» que Cortázar armó allá por 1945. ¿Pero los ejemplares fueron «cuadernillos», libros, o simples copias mimeografiadas? Saúl Yurkievich, editor general de las Obras Completas, dice que La otra orilla se publica póstumamente a partir del hallazgo de los manuscritos entre los papeles de Cortázar. Que los manuscritos se encuentran actualmente en la Universidad de Princeton. Y que «Casa tomada» formaba parte de ese volumen, y que fue el único que se salvó del olvido impuesto por el autor al exhumarlo e incluirlo en su libro siguiente, seis años más tarde.

Sea como fuere, La otra orilla existió, y hasta tuvo un prólogo del autor. Dice de las historias que lo componen: «Toda vez que las hallé en cuadernos sueltos tuve certeza de que se necesitaban entre sí, que su soledad las perdía. Acaso merezcan estar juntas porque el desencanto de cada una creció la voluntad de la siguiente. Las doy en libro a fin de cerrar un ciclo y quedarme solo frente a otro menos impuro».

CICLOS

Todas son versiones, probablemente la verdad esté esperando todavía ser develada.

Lo último que se ha publicado, las promocionadas y carísimas Obras Completas, contiene errores inexplicables: Alazraki dice que, excepto «Bruja», los otros 12 relatos de La otra orilla debieron esperar cincuenta años para ser publicados, hasta 1994. Es decir, parece desconocer las mencionadas apariciones de «Estación de la mano» (¡por el propio Cortázar!) y «Llama el teléfono, Delia». Yurkievich, por su parte, afirma que el «Paco» a quien Cortázar dedica Bestiario es Francisco Porrúa, director literario de la Editorial Sudamericana, cuando es sabido que se trata de Francisco Reta, un amigo a quien Cortázar conoció en el colegio secundario y que murió prematuramente en 1943. Por eso la dedicatoria está en pasado («A Paco, que gustaba de mis relatos»), al igual que en La otra orilla.

En el 45 Cortázar quería cerrar un ciclo y comenzar otro «menos impuro». Vaya si lo que vino después fue menos impuro: se trata de una de las obras cuentísticas más brillantes del siglo XX. Muchos lo recuerdan ahora a 20 años de su muerte. Los que amamos la literatura, los que queremos tanto a Julio, lo tenemos siempre con nosotros.



5 de abril de 2013

Adonde conducen todos los caminos

Un largo viaje (1): dos días en Roma

1

Primer destino, Roma. El avión de Ryanair nos levanta en Barajas y nos deposita en Ciampino, donde Facundo se sorprende de que se abra una puerta y plop, seamos libres, sin necesidad de pasar por ventanillas de migraciones ni escáneres ni controles de ningún tipo. A mí también me había sorprendido eso la primera vez: es lo que tiene viajar dentro de la Unión Europea. Por cuatro euros, un autobús nos lleva desde allí hasta la estación de Termini, en el pleno centro romano.

Caminamos hasta nuestro hotelito, justo frente a la plaza de Santa Maria Maggiore. Nos sorprendemos al pasar frente a la embajada argentina, casi frente a la propia plaza: un edificio muy grande, con la bandera albiceleste flameando en la fachada y bustos de Manuel Belgrano y Bartolomé Mitre (¿pero por qué Belgrano y Mitre, y no otros?) en la vereda.

La bandera argentina flamea en la embajada romana.


El busto de Belgrano y, de fondo, la iglesia de Santa Maria Maggiore.

El alojamiento que reservamos responde a una característica que creo que es bastante común en esta ciudad: un departamento antiguo y enorme convertido en un mini-hotel. La ventana de la habitación da a la plaza de Santa Maria Maggiore. Las vistas son realmente preciosas.


Uno de los monumentos de la plaza, visto desde la ventana del hotelito.


La plaza, desde la ventana. Gente y palomas.

Y ya estamos instalados. Tenemos dos días para pasear por el lugar adonde, dicen, conducen todos los caminos. Allá vamos.

2

Andamos un poco reventados ese primer día, porque apenas hemos dormido. Pero eso no nos impide pasear por la ciudad: pasamos por el Coliseo (pero no entramos, eso lo dejamos para el día siguiente), visitamos la Fontana di Trevi, la plaza de España, la plaza Venezia, el parque de Villa Borghese… En las referencias del plano que está en una de las entradas de este parque (el más grande de la ciudad), Facu descubre que hay una estatua a José de San Martín. Así que nos proponemos aprovechar el paseo para buscarla.

Después de cruzar casi todo el parque, encontramos la estatua. La plaqueta nos informa que fue erigida como un homenaje de «las embajadas argentinas acreditadas ante el gobierno de Italia y la Santa Sede al Libertador General Don José de San Martín en el bicentenario de su nacimiento». El texto está fechado en Roma el 25 de febrero de 1978. Es decir, justo al día siguiente de mi nacimiento. Siempre me pareció curioso haber nacido 200 años menos un día después de San Martín y 170 años y un día después de Florencio Varela. Sí, ya sé, me parecen curiosas cosas muy raras. Y no, no estoy pidiendo un lugar para San Martín ni menos para Florencio Varela en la vereda de la embajada argentina en Roma.


El monumento a San Martín en Villa Borghese.

La placa, en detalle.

3

El segundo día es domingo y es el día que pasamos entero en Roma, ya que el anterior llegamos y al siguiente nos marchamos. Está dominado por dos hechos. El primero, la visita al Coliseo y el Foro. Vamos caminando, son más o menos las diez de la mañana. Al pasar por una esquina, vemos a mitad de cuadra un micro enorme pintado con el clásico color violeta de la Fiorentina, y que de él empiezan a descender hombres vestidos con ropa de fútbol… con la ropa de la Fiorentina.

—Tienen que ser los jugadores —me dice Facu.
—Pero no tienen pinta de jugadores —respondo yo.

Los veía chiquitos, poco corpulentos, demasiado poca cosa para ser los jugadores del plantel profesional. Además, ¿qué hacían bajando de un micro vestidos de futbolistas para entrar en un hotel a las diez de la mañana?

—La Roma jugó ayer, así que la única que queda es que jueguen contra la Lazio —dice Facu.
—Para mí que son del equipo de handball, o algo así —digo yo, incrédulo.
—Ah, puede ser.

Yo ya había visitado el Coliseo, pero volvió a maravillarme. Paseando por su interior, nos cruzamos con un español que soltó la siguiente antológica frase: «Esto es como el IKEA, me pasaría todo el día recorriendo». Bueno, la verdad es que nos cruzamos con muchos españoles, y con muchos argentinos, y con muchos japoneses (muchos de ellos, con la cara cubierta por un barbijo), y con muchos turistas de muchas partes. Roma es un gran parque temático que, como los malos actores, se representa todos los días a sí misma. Sólo que Roma es una muy buena —y hermosa— actriz.

Cualquiera es chiquitito al lado del Coliseo.

En el Coliseo hago algo que la primera vez no hice hecho y me dejó con las ganas: sacarme una foto con el pulgar hacia abajo. O sea, en pose de emperador que determina la muerte del gladiador. Facundo también cae en la tentación, y después de nosotros los hijitos argentinos de una mujer argentina que están allí quieren (y hacen) lo mismo. Según Facu, estamos imponiendo una nueva moda en las visitas al Coliseo. Pero yo no estoy tan seguro.

Pulgar abajo.

Cuando terminamos la visita, como a las cinco de la tarde, nos metemos en un restorancito de por allí a comer algo. Después de entrar nos damos cuenta de que se llama Made in Sud, y de que es napolitano. Y recién después de que hay un cuadro en lo alto, una versión de La Creación de Miguel Ángel que en lugar de Adán presenta a Maradona, con un texto que dice: «E Dio creò el calcio, por chiamò Diego e gli disse “insegnalo”». O sea: «Y Dios creó el fútbol, porque Diego lo llamó y le dijo “enséñalo”». Amén.

Arriba, las botellitas forman "Forza Napoli". Abajo, "Made in Sud".

Y en el cuadrito, "La creación del fútbol".

Y justo cuando salimos de Made in Sud aparece en todo su esplendor el segundo hecho protagonista del día: la lluvia. Un chaparrón bestial nos empapa y nos obliga a refugiarnos bajo el toldo de restorán, frente al Coliseo. Como no tenía nada mejor que hacer, saqué el teléfono y grabé este video.



Cuando logramos llegar al hotelito, tengo las zapatillas y los pies empapados. Necesitarán toda la noche para secarse, así que ya no volveré a salir. Prendemos la tele y, cierto, a ver contra quién jugaba la Fiorentina… ¡Contra la Lazio, y en Roma! ¡Y ganaron 2 a 0! Entonces tenía razón Facu, tenían que ser los jugadores. Pero ¿qué diablos hacían bajando del micro vestidos de futbolistas a las diez de la mañana? Un misterio cuya explicación probablemente nunca sabremos.

La magia de la tecnología permite convertir mi teléfono no sólo en videocámara sino también en radio, como la vieja Spika de mi papá con la que escuchaba el fútbol los domingos cuando era chico. Me quedo dormido escuchando el triunfo de River 2 a 1 sobre Colón en el Monumental.

4

El lunes lo dedicamos a visitar el Vaticano. Y no es cualquier lunes: es la víspera del inicio del cónclave que elegirá al nuevo papa, tras la renuncia de Ratzinger. Por ese motivo, hemos pensado que encontraríamos Roma hecha un lío de gente… y así es, en efecto, pero porque así es siempre. En el mismo Vaticano, pocos indicios hablan de la cercanía del acontecimiento: unos palcos para la prensa montados justo frente a la plaza de San Pedro y sillas apiladas en el interior de la basílica que algunos hombres empiezan a desplegar… y nada más. Por supuesto, no podemos siquiera sospechar lo de cerca que nos tocará el nuevo papa. Pero eso será un par de días después.

La cola en la plaza de San Pedro para acceder a la Basílica. Atrás, el palco para la prensa.

¿Habrán usado estas sillas los cardenales a partir del día siguiente?

Subimos a la cúpula de la basílica. Para eso, se puede elegir entre pagar 7 euros y acceder a un ascensor que te lleva hasta más o menos la mitad del camino y luego subir a pie 320 escalones, o pagar 5 euros y no acceder a ningún ascensor y subir a pie los 551 escalones. Un cartel informa que no se aceptan ni carnets de prensa, ni de estudiante, ni tarjeta Omnia, ni Roma Pass, ni Voucher ORP, ni entradas de museos, ni todas las tarjetas de crédito, y acepta al final un simpático «etc., etc.». Vamos, que es dinero contante o sonante o nada. Vaticano rules. Facu y yo pagamos los 5 euros, no por ahorrar plata sino para vivir el desafío de los escalones. Y allá vamos. Por suerte, o no es tan duro, o todavía estamos en un estado físico aceptable.

Los carteles: precios, cantidad de escalones y cosas que en el Vaticano no sirven para nada.

Una vista de Roma desde lo alto de la basílica.

Y una vista de la plaza de San Pedro, también desde lo alto.

5

Y casi no nos queda tiempo para casi nada más. Apenas un paseo por la orilla del Tíber, que nos deja con las ganas de entrar en el Trastevere, el pintoresco barrio que está ahí al ladito. Pero quedará para la próxima visita a Roma. Lo que ahora nos toca es ir a buscar nuestras valijas y caminar hasta Termini, donde abordaremos un tren que nos llevará a Firenze.


"Prima di tutto, Roma", dicen los carteles. O sea: "Ante todo, Roma".

Una gaviota que se empeñó en posar para la foto, con la cúpula del Vaticano de fondo.



19 de noviembre de 2012

Apuntes para un ensayo sobre Mad Men

Después de que mucho me la recomendaran, vi Mad Men. Cinco temporadas —65 capítulos— en unos tres meses. Me gustó mucho. A continuación, algunas ideas.

LOS PERSONAJES

Lo mejor de Mad Men es la construcción de los personajes y las relaciones entre ellos. Los personajes son seres complejísimos. Me dijo una amiga hace poco: no son buenos o malos, al que en un capítulo lo querés, en el siguiente lo odiás. Y es bastante así, creo. No son «buena gente», al menos no la clase de gente que se me viene a la cabeza cuando yo pienso en «buena gente», porque esa gente no ocupa los cargos más importantes de una empresa de publicidad en Nueva York. Ninguno es entrañable, todos intentan todo el tiempo mostrarse fuertes y ocultar sus debilidades y miserias. Para mantenerse allí necesitan un grado de competitividad, de ambición y de cinismo que los hacen muy buenos en lo suyo… y los alejan de mi concepto de «buena gente» (que no tiene por qué importarle a nadie más que a mí, desde luego).


Las tensiones entre los personajes hacen que cada interacción muchas veces parezca una burbuja de jabón, que mantiene un fino equilibrio entre las presiones internas y externas y que, en cualquier momento, revienta. ¿Cuáles son las relaciones más tirantes? Enumeremos algunas: Draper-Campbell, Campbell-Olson, Draper-Sterling, Campbell-Sterling, Olson-Holloway, Sterling-Holloway… y podríamos seguir. O sea, casi todos con todos.

SUPERHÉROES


Don Draper es una especie de superhéroe, del típico superhéroe estadounidense. Un tipo que empieza desde bien abajo (un self-made man) y acumula muchísimo poder (y dinero, mujeres, etc.). El mejor ejemplo del american dream hecho realidad. Pero, además, como todo buen superhéroe, tiene una identidad secreta y un punto débil, que en su caso son lo mismo: el pasado condena a Don Draper. O, mejor dicho, estuvo varias veces a punto de hacerlo.

En uno de los primeros capítulos de la serie, Betty le pregunta a su esposo: Who are you, Don Draper? Enterarse de su otra identidad representa el fin del ya desgastado matrimonio que arrastran por los suelos, algunas temporadas después. Por mucho que Don intente borrar las huellas de Dick Whitman, no puede hacerlo, como una metáfora de la imposibilidad del crimen perfecto. En todo caso, intenta dejar su antigua identidad al otro lado del país (que para los yanquis equivale al otro lado del mundo): California. Allí firma en una pared como «Dick».

Hasta tienen nombre de superhéroes: Mad Men, como Superman o Batman o Spiderman o, en plural, los X-Men. Mad men es como fueron llamados los ejecutivos de las agencias de publicidad neoyorkinas en aquella época, en un múltiple juego de palabras. La palabra inglesa para «publicidad» es advertising, y de forma coloquial se apocopa ad. De ad men (publicitarios, hombres de publicidad) a mad men (locos, hombres alocados) no había más que un paso, abreviado incluso por el hecho todas aquellas grandes empresas estaban en Madison Avenue.

Pero además, pensando en estas cosas, se me ocurrió una comparación: ¿Don Draper no es igual a Clark Kent? La diferencia radica en que, mientras que el Clark Kent trajeado de gris subiendo ascensores en edificios de NY es la pantalla de Superman (y, según la ya célebre afirmación que suelta David Carradine en Kill Bill, Clark Kent es tonto porque así es como nos ve Superman a los simples mortales), esa es la ropa de faena del superhéroe Draper. A este se le mueve la estantería cuando no va vestido así. Y mucho más cuando, como Superman, deja a la vista sus calzoncillos.


Christopher Reeve en la piel de Clark Kent y John Hamm como Don Draper

Pongo en Google «don draper superman» y me encuentro con rumores, de 2010, de que John Hamm, el actor que interpreta a Draper, haría de Superman en una nueva saga de películas del american superhero por excelencia. O sea, no soy el primero a quien se le ocurrió. Normal. Somos mucho menos originales de lo que solemos creernos. Y de lo que nos gustaría.

HISTORIAS DE AMOR

¿Cuál es la gran historia de amor de Mad Men? Seguro, ninguna de las de Don Draper. Creo que las grandes historias de amor son dos: Pete Campbell-Peggy Olson, por un lado, y Joan Holloway-Roger Sterling, por el otro. Curiosamente —o no— ambas presentan algunos palelismos: desde el principio son una infidelidad por parte del hombre, ambas parejas tienen un hijo pese a que en ningún momento la relación se «blanquea».

Seguramente las tres temporadas que quedan tienen reservados más capítulos relacionados con ambas historias.

CIENCIA-FICCIÓN AL REVÉS

Los años 50 y 60 —los de Mad Men— fueron los de los primeros viajes espaciales y del apogeo de la ciencia-ficción (de hecho, Ken Cosgrove cultiva este género). Estos relatos se esforzaban por imaginar los adelantos tecnológicos del año 2000 y cómo estos modificarían los hábitos de vida de las personas. Medio siglo después, podemos ver que sus aciertos fueron escasos y sus errores, multitudinarios: soñaron con computadoras gigantescas, autos voladores y robots sirvientes, y no previeron los teléfonos móviles, las tablets o internet.

Mad Men, en cambio, nos muestra los cambios culturales acontecidos desde su época hasta ahora. Las secretarias se sientan en las rodillas de los ejecutivos, los negros son solo ascensoristas o niñeras, los homosexuales son objeto de la burla y el desprecio, todos fuman en todas partes, salen de camping y para volver sacuden la manta y dejan toda la basura sobre el pasto, los padres no besan a sus hijos, sino que solo les dan la mano, cualquier adulto reprende y golpea a cualquier niño…

Si aquellas gentes hubieran tenido que hacer un inventario de las cosas de su época que creían que más sorprenderían a las gentes del futuro (del año 2000), seguramente habrían acertado tan poco y habrían fallado tanto como al escribir ciencia-ficción. Por eso, se me ocurre que Mad Men es como ciencia-ficción al revés: en lugar de mirar hacia el futuro tratando de adivinar, nos muestran el pasado para que nos sorprendamos de él.

¿Qué expresiones que en nuestro tiempo nos parecen lo más normal del mundo retratarán las series de «ciencia-ficción al revés» de dentro de medio siglo?



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5 de noviembre de 2012

Los diarios, esos cuadernos llenos de lo que fuimos

1

La última vez que estuve en la Argentina, se me dio por buscar unos cuadernos y echarles un vistazo. Me sorprendió leer lo que leí. No podía ser de otra manera. Esos cuadernos eran mis diarios. Comencé a escribirlos a mediados de 2004, hace más de ocho años, y sigo haciéndolo: me parece increíble pensar que cinco de esos años los llevo viviendo en Madrid. Y los seguiré escribiendo, seguramente. ¿Por qué?

2

Un diario es, entre otras cosas, una conversación con uno mismo. Así como a menudo hablar sirve para aclarar la mente, ordenar las ideas, organizar sentimientos, con la escritura pasa lo mismo. De un modo incluso más intenso. Porque lo escrito en tinta queda ahí, no como las palabras que uno pronuncia, a las cuales, muchas veces, se las lleva el viento. Escribir un diario sirve como catarsis. Libera tensiones y permite entender mejor lo que vivimos.

Me acuerdo de algunos ejemplos: la película The Woodsman, que retrata la lucha de un hombre —que acaba de salir de prisión tras cumplir una pena por pederastia— por no volver a abusar de menores. El psiquiatra le recomienda al protagonista (interpretado por el poliédrico Kevin Bacon) que escriba un diario. Era una manera de canalizar pulsiones y libidos.

Otra referencia (de las miles que se podrían citar) es el libro Una mujer en Berlín, de autora anónima. Anónima por propia voluntad: el texto es el diario de una habitante de la capital alemana entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945, es decir, durante el derrumbe final del Tercer Reich. La autora describe el día a día en los refugios antibombas y en las ruinas de los edificios donde ella y sus vecinos vivían.

Una presencia constante en sus páginas es uno de los horrores más silenciados de todas las guerras: las violaciones masivas de las mujeres del bando vencido por parte de los soldados del bando vencedor. Se estima que más de 100 mil mujeres alemanas fueron violadas en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Nuestra autora anónima encontró los huecos entre los escombros —literales y metafóricos— para escribir con lápiz, en tres cuadernos que rescató de alguna parte en aquel infierno, a la luz de las velas, un relato macabro, descarnado, salpicado de humor negro y de una lucidez a prueba del fuego y de las vejaciones, un relato que la ayudó a conservar la cordura.


3

Un diario es, también, una cápsula del tiempo. Otro de nuestros vanos intentos por vencer al olvido, a la muerte. La búsqueda de dejar testimonio de lo que somos (lo que hacemos, lo que pensamos, lo que deseamos, lo que sentimos, lo que interpretamos de lo que hacemos, pensamos, deseamos y sentimos: todo eso es lo que somos) para que en el futuro alguien tenga, de primera mano, nuestra propia versión. Ese alguien puede ser el propio autor en el futuro (es decir, la persona en la que el paso del tiempo haya convertido al propio autor) u otro intruso que se asome a sus páginas (en mis sueños más megalómanos imagino a investigadores del futuro indagando en mis diarios las claves de mi obra).

4

Ricardo Piglia —quien afamó su diario a fuerza de mencionarlo una y otra vez en entrevistas y en textos ensayísticos y relatos autobiográficos (es decir, relatos autobiográficos que hablan de otro relato autobiográfico) dice que el diario es su «laboratorio de escritura». Es una linda manera de definirlo.

En su libro El escritor y la tradición, un estudio de la obra de Piglia, el cubano Jorge Fornet se permite dudar de la existencia real del diario. Cuando entrevisté a Piglia, en su casa de Palermo, en julio de 2007, me mostró uno de los innumerables cuadernos que lo componen. Era un volumen de tapas negras, parecido a un Moleskine pero de cubiertas flexibles. Según el escritor, antes se conseguían en cualquier parte y ahora solo los encuentra en una librería de La Boca…

En enero de 2011, los suplementos culturales Ñ (Clarín, Argentina) y Babelia (El País, España) anunciaron «uno de los acontecimientos literarios del año»: la publicación de fragmentos de los legendarios diarios de Ricardo Piglia. Leí algunos fragmentos y, la verdad, me aburrieron. Lo que Piglia había publicado antes eran micro-ensayos, párrafos que se presentan al lector (como alguna vez se habrían presentado al escritor) como una ráfaga de lucidez, un relámpago que ilumina el camino en mitad de la tormenta.

Estos trozos publicados en suplementos culturales, en cambio, sonaban a poca cosa, como el sueño descontextualizado de un desconocido. Los sueños ajenos solo nos interesan cuando nosotros formamos parte de ellos o dentro de un contexto que es, en realidad, lo que nos interesa, y gracias al cual el sueño adquiere sentido. Por eso, por ejemplo, Errata Naturae puede publicar una antología de los sueños de Kafka, titulada, con buen tino y sentido común, Sueños. ¿De dónde extrajeron los editores esos sueños? Elemental: de sus diarios.


5

Un diario, digamos, finalmente (o casi), es también un desafío. Es hacerle frente al miedo de que alguien ahora, en cualquier momento, se pueda introducir en nuestra más honda intimidad. Un modo de decir «me la banco»… Pero ¿es eso «nuestra más honda intimidad»? ¿Escribimos todo, sin reservas, en el diario? ¿Somos absolutamente sinceros con él? ¿Cuánto le mentimos? ¿Cuántas veces le contamos una historia no como fue sino como nos gustaría que fuera, que hubiera sido? ¿Cuántas de esas kafkianas historias fueron en efecto sueños, y cuántas habrán sido fantasías de la vigilia del escritor?

6

—Me gustaría dedicarme al diario, ver si puedo dejarlo en un estado más o menos publicable —me dijo Piglia en aquella entrevista, cuando le pregunté por sus proyectos futuros—. El diario tiene la virtud y el peligro de sustituir a la literatura, hay que tener cuidado con eso, pero es un tipo de experiencia que a mí me interesa mucho. Entonces me imagino que pronto, en los próximos años, me dedicaré a tomar esos cuadernos y copiarlos. La cuestión para mí va a ser tomar esos cuadernos y ver qué intriga construir ahí, ver cómo darles un eje.

—¿Pero saldría como un libro de ficción? —pregunté.

—No. Bueno, espero que no. Tengo algunas ideas, que todavía no puedo anticipar, de cómo publicarlo. Los hechos serían los hechos y lo que yo he escrito sería lo que yo he escrito, y ni siquiera reescribiría. Sencillamente me parece que lo que hay que hacer es un montaje, un experimento con una escritura que tiene muchísimos años y que intenta… El problema es ése: ¿que intenta qué? Esa es la pregunta que yo tengo que contestar. ¿Intenta mostrar una época? ¿Intenta mostrar la historia de un pensamiento que se va desarrollando, o una serie de experiencias, mi relación con las mujeres…? No sé, habría que ver cómo. Varias veces intenté sentarme a hacerlo, y siempre salí corriendo. Entonces la idea que tengo es «me voy a algún lado con los cuadernos y me voy a encerrar a trabajar en eso durante seis meses». Y algo saldrá, ¿no?



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