Presentarse como «escritor» es muy distinto a decir «soy abogado» o «soy plomero»: implica un férreo acto de la voluntad, una manera de ser observado y juzgado.

Y luego me quedé preguntándome: ¿quiénes sí se presentan de esa manera?
DOS. Me pasa lo mismo cuando alguien me habla de un/a amigo/a suyo/a que «es escritor/a». Yo conozco a gente que escribe, pero no hablo de casi nadie calificándolo de escritor. Pero ¿por qué? ¿Cuándo uno empieza a ser escritor, y a poder ser llamado así?
TRES. Muchas preguntas, pocas respuestas.
En el extraordinario «Para Esmé, con amor y sordidez», de Salinger, la niña le pregunta al soldado (personaje narrador) qué hacía antes de incorporarse al ejército. «Dije que no había hecho nada —apunta él—, que había salido de la universidad hacía apenas un año, pero que me gustaba considerarme un escritor de cuentos profesional».
«¿Ha publicado algo?», pregunta la niña. El soldado relata: «Era una pregunta familiar que siempre daba en la llaga, y que no se contestaba así como así. Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de...», y la niña lo interrumpe y la conversación se va para otro lado.
Me parece que la escena describe entrañablemente el problema. Una cosa es cómo a uno le gusta considerarse, otra cosa es lo que los demás esperan de nosotros cuando nos presentamos de una determinada forma. Incluso aunque la respuesta sea «sí, he publicado algo», ¿basta eso para andar por la vida afirmando «soy escritor»?
CUATRO. Otro cuento —«Es el realismo», de Patricio Pron— nos habla de un personaje que quiere ser escritor y que, también, se inscribe en un taller literario. El personaje está enamorado de varias compañeras, pero todas estas se acuestan con el director del taller, entonces el personaje «comprende que toda su fortuna [la del director] con las mujeres se debe al hecho de que ha publicado libros, de que es un escritor» (las cursivas son del autor). Ese hecho ratifica al personaje «en la convicción de que él tiene que convertirse en uno para ser requerido por las mujeres».
Pareciera entonces que uno es escritor cuando ha publicado libros, o sea, más de uno. ¿O será que uno es escritor cuando las mujeres lo requieren?
CINCO. Hay muchas fantasías en torno a la figura del escritor. Rodrigo Fresán me dijo en la entrevista que le realicé hace un tiempo:
La gente tiende a pensar que los escritores cuando son amigos se reúnen a hablar de literatura, pero los escritores, cuando son amigos, no quieren hablar de literatura. Lo que uno dice es justamente: «Bueno, he aquí una persona que respeto, que me gusta cómo escribe, que me gusta cómo lee, que es educada, fina y sofisticada, y entonces no tenemos por qué hablar de nada de eso. Y con ese bagaje y con el tipo sofisticación que te da eso podemos hablar de cosas y descansar y podés divertirte».
[Con Roberto Bolaño] Hablábamos de libros, pero generalmente no de lo que hacíamos. Por ejemplo, nunca leí ningún original ni manuscrito de Roberto antes de que saliera, ni viceversa. Sería bastante horrible estar todo el tiempo, con el viento azotándonos las capas al aire, diciendo [imposta la voz]: «No, recuerda lo que dijo Heidegger». Por suerte eso no se produce. Probablemente los malos escritores tengan esa clase de conversaciones…

Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. […] Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras. […] El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la Underwood, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…
SEIS. Dice Rodolfo Walsh, en su autorretrato: «La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: “Si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir”».
Es eso, un chiste. Todos podemos vivir sin escribir. Algunos lo hacen. Otros, si tuviéramos que hacerlo, seríamos infelices, desgraciados, pero podríamos vivir. Pero si queremos escribir, si decidimos dedicarle horas y horas a una actividad solitaria, dura y muchísimas veces ingrata, es por una cuestión de la voluntad. No pasa por decir «soy escritor», sino por aplastar el culo y escribir. No hay otra vuelta. Hay —como dice Sabina en una canción— escritores que no escriben, y hay los que no se presentan como escritores, pero lo son, quién lo dudaría.
SIETE. Presentarse con un «soy escritor» es, también, un férreo acto de la voluntad. Equivale a generar en el interlocutor una serie de expectativas e intereses («¿ha publicado algo?», «¿sobre qué escribís?», «¿vivís de eso?») que luego hay que tratar de satisfacer. O no: eso también es un acto voluntario. Determina una forma en que los demás te observarán y te juzgarán.
A unos eso les gusta. Otros prefieren no presentarse de ninguna forma, y escribir en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un cross a la mandíbula. A veces les sale y otras no. Pero eso ya es otra historia.
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