28 de junio de 2013

«Las grandes propuestas de Rayuela siguen vigentes»

Segunda parte de la entrevista a Mariángeles Fernández, especialista en la obra de Cortázar, por el 50º aniversario de la publicación de Rayuela. Lo que sigue es la transcripción de su disertación sin intervenciones mías, con excepción de los subtítulos que organizan el texto.

EL PAPEL FUNDAMENTAL DE PACO PORRÚA

Paco Porrúa en la actualidad.
En noviembre de 1951, Cortázar se embarca hacia París. Unos meses antes había publicado Bestiario. Como se vino a Europa, el libro queda abandonado a su suerte, en los sótanos. Y funciona “en background”. Antes no era como ahora, no había ninguna campaña de lanzamiento, ni de marketing… Pero en un momento determinado llega Paco Porrúa a la editorial. Y descubre esto (Bestiario), y por eso tiene la receptividad que tiene cuando él le manda el original de Rayuela. Lógicamente. Porrúa, que tradujo a Tolkien, por ejemplo, y que era culto, un hombre espabiladísimo, lo ve y defiende el proyecto, que es una apuesta muy interesante. Más tarde, es él quien apoya la publicación de Cien años de soledad. Es el hombre que realmente hace el boom latinoamericano. En Porrúa, Cortázar encuentra un aliado básico y fundamental.

En la copiosa correspondencia entre Cortázar y Porrúa, no hay sobre la obra ningún cuestionamiento. Ninguno, ninguno. Además, ellos ya se conocían por el gran trabajo que Porrúa hizo también con Historias de cronopios y de famas, que es lo que precede a Rayuela. Cortázar escribió eso para no publicarlo. Lo fue haciendo a lo largo de los años, hasta que un buen día, pum, eso se reúne. Está todo el rastro en la que correspondencia que tiene con su amigo (Eduardo) Jonquières. Ahí están incluso los cuentitos que escribe y se los manda a los hijos de Jonquières. Entonces Paco Porrúa ya conocía el aspecto lúdico y disparatado de los cronopios, que revolucionan el microrrelato de entonces. Así que ya tienen ese feeling importante, y cuando llega Rayuela, como es lógico, Porrúa ya está absolutamente entregado.

La correspondencia entre ellos está relacionada, básicamente, con la dificultad que supone controlar un libro como este. No olvidemos que en aquella época no había correo electrónico: todo iba y venía en sobres por barco. ¡Por barco! Con el riesgo de que las cosas se perdieran.

RAYUELA COMO «LIBRO QUE SE RESTA»

La teoría del profesor Julio Ortega es que Rayuela es un libro que se resta. Tú cada vez que lees un capítulo con un menos delante es como que vas restando, no sumando. Es una idea muy bonita. Y esto era muy importante, porque si las remisiones —que así le llama Cortázar— no son correctas, el juego se frustra. Por eso, una de las grandes dificultades que tuvieron era que no se moviera jamás, a pesar de todas las correcciones, dónde empezaba y terminaba cada capítulo, para que pudiera mantenerse ese juego.

Creo que la mayor parte de la correspondencia viene por ese lado, porque luego los tipógrafos de aquellos tiempos eran muy buenos. No había muchas erratas. Había algunas, pero no tantas como hay ahora. Así que Cortázar encontró un gran apoyo en ese sentido para conseguir este libro tan raro.

EL ORIGINAL DE AUSTIN

El profesor Ortega ha podido rastrear, en la copia de Rayuela que está en la Universidad de Texas en Austin, ocho ordenaciones posibles de la novela. Porque Cortázar no lo tenía todo tan claro de entrada, era como que ponía un orden pero luego lo cambiaba, intentaba otro… Hasta ocho lecturas posibles. No obstante, yo creo que había como un hilo general.

El original de Austin no es, por supuesto, el que fue a la imprenta. Hubo varias copias de Rayuela. Una de ellas la conservó él y tiene marcado en colores, con letras mayúsculas y números romanos, las distintas posibilidades de ordenación. Está en una caja maravillosa que yo tuve oportunidad de ver…

EL CUADERNO DE BITÁCORA DE RAYUELA

Una página del Cuaderno de bitácora.
Hay un libro de bitácora de Rayuela. Son apenas unos poquitos apuntes, un cuaderno muy flaquito, que él le regaló a la profesora Ana María Barrenechea. Eran ideas muy generales, pero no un plan de obra, algo de lo que él dijera «me tengo que ceñir a esto». Yo creo que él mismo se dejó llevar por el aspecto lúdico de su propia creación, que me imagino que lo angustiaba tanto como lo alegraba. Hay que estar en la piel de alguien que encara una obra tan monumental y quiere que eso quede perfecto. Porque él era un perfeccionista. Y como sabía mucho del mundo editorial, sabía dónde estaban los problemas.

El Cuaderno de bitácora está editado. Es magnífico. Es un pequeño cuadernito, como esos de 24 hojas, con dibujitos. Hay cosas muy bonitas. Antes de venirse, Cortázar vivía en el barrio de Agronomía. El personaje de Oliveira, cuando vuelve a Buenos Aires, en un momento determinado tiene un momento de duda casi metafísica de sí mismo, así que da un paseo por la avenida San Martín, por encima del ferrocarril. Cortázar hizo el plano de esa zona, por dónde va a caminar. También aparece una rayuelita, con pasitos, y dibujitos típicos, una espiral, que es una idea sobre el futuro, estrellitas, y luego unos pocos apuntes sobre las características de los personajes. Muy poquitos.

La profesora Ana María Barrenechea, que fue una gran introductora tanto de Borges como de Cortázar en las universidades estadounidenses, enseguida se entusiasmó con esto. Él le regaló el original para que ella lo trabajara, y ella lo hizo. La edición incluye un ensayo sobre la estructura, que es muy interesante.

El Cuaderno de bitácora sirve un poco para eso, para ver cuán diferentes son los autores y sus trabajos. Bioy Casares decía que no podía empezar a escribir hasta que no tenía un dibujo perfecto de la trama. Y sin embargo Cortázar escribió con un esquema básico, nada rígido, e incluso cambió el orden de los capítulos hasta el último minuto.

EL PERFECCIONISMO DE CORTÁZAR

En la génesis de la obra, creo que lo que importa es la complicidad del trabajo del editor Paco Porrúa, de Sudamericana. También la de su mujer, por supuesto, Aurora Bernárdez, que fue una lectora crítica, implacable, que lo apoyó con todo. Él mismo era una persona con un sentido autocrítico tremendo. Por eso no publicó casi nada de joven: tenía un sentido borgeano de la excelencia que debía tener una obra acabada. Corregía y corregía. En la cabeza, porque luego uno ve los originales y se da cuenta de que no está tan corregido. Tengo alguna foto de una página, y a lo mejor hay una introducción de alguna palabra que se cambia por otra, algún adjetivo que se quita, pero no es una cosa sucia, lo que es raro en una obra tan compleja…

Cortázar trabajaba mucho en su cabeza. Siempre decía: “Bueno, le di muchas vueltas al cuento y luego me senté y lo escribí de un tirón”. Aunque luego, por supuesto, algo corregía. Además, escribía a máquina. No era como ahora, que te sientas en el ordenador y haces todas las copias que quieras. Era tremendo. Seguramente tuvo ayuda de alguna mecanógrafa, pero no tenemos rastros de eso. Tampoco creo haya rastros de lo que pasó en Sudamericana con la copia que él envió, porque era obligación del editor y de la imprenta devolver el original al autor. Eso no siempre se cumplía, y menos en el caso de él, que estaba tan lejos. Pero me imagino que él tendría alguna otra copia definitiva. No fotocopia: copia, lo cual es tremendo.

UN MES DESPUÉS, UNA CARTA

El 26 de julio de 1963, un mes después de la publicación de Rayuela, Cortázar le escribe a su editor:


Mi querido Paco:

Espero que hayas recibido mi telegrama (…) la verdad es que por cable cualquier frase de más de dos palabras suena horriblemente cursi. Imaginate que te hubiera puesto: «LLEGÓ RAYUELA STOP MUY CONMOVIDO STOP». O bien: «ACUSO RECIBO LADRILLO STOP ¿YO ESCRIBÍ ESO? STOP ABRUMADO POR EL PESO DEL ARTEFACTO STOP». De modo que opté por la vía del pudor. Pero no quise que pasara más tiempo sin que supieras que por fin, cuántos años ya, el círculo se había cerrado, y esta vieja mano que escribió esas viejas páginas palpaba casi incrédulamente un volumen de fondo negro.

Quisiera estar en Buenos Aires para decirte que nos tomemos un vino juntos y entonces, vagando por alguna calle de noche, decirte a mi manera todo lo que aquí se enfría y se ordena en rayitas horizontales y se convierte en idioma. La gratitud es incómoda, decía no sé quién. No es que sea incómoda, es que entre hombre resulta casi imposible hacerla sentir si no es con uno de esos gestos casi imperceptibles, ofreciendo un cigarrillo o rozando apenas un hombro, o quedándose callado en el momento en que los manuales de buena educación ordenan decir frases justas. Pero por suerte vos y yo nos hemos visto lo bastante en esta vida como para saber que mucho de lo que no nos decimos queda dicho para siempre. Me basta con que estés seguro de eso.

¡Che, la edición quedó muy bien! Le mostré el libro a Julio Silva, autor de la primitiva y eclipsada maqueta, y encontró que la cosa había quedado bastante bien. Por mi parte me declaro muy satisfecho, sobre todo después de haber visto, con pocas horas de intervalo, dos o tres de las últimas ediciones de novelas de Losada, con esas tapas que parecen para escuelas de deficientes mentales. Nuestra rayuelita es muy digna, muy coquetona, y sobre todo en el lomo queda preciosa. Yo no sé lo que pensás vos, pero a mí lo que más me gusta de la tapa es el lomo. Deben ser mis atavismos de carnívoro argentino.

En cuanto al interior de este macizo bloque literario, comprenderás que todavía estoy lo bastante cuerdo como para no ponerme a leerlo, pero eso sí, me precipité tembloroso sobre las remisiones, y las controlé con el alma en un hilo. Trateme nomás de desgraciado, tenés todo el derecho del mundo, pero hasta último minuto no me pude sacar el temor de que un numerito dado vuelta o algo así hiciera patinar toda la máquina. Bueno, el trencito recorre todas las estaciones, y hasta deja de lado las que deben quedar escondidas.

En cuanto a Morelli, estaría encantado, viejo de mierda, de descubrir que el papel que me ha concedido Sudamericana, es lo bastante transparente como para que algunos capítulos puedan leerse del derecho y del revés al mismo tiempo, lo que constituye un sensible progreso sobre el capítulo, pobre Pérez Galdós paga el pato. Bromas aparte, lo del papel lo comprendo muy bien porque con otro de más cuerpo el libro habría asumido las proporciones de una mochila de boy scout.

LAS PRIMERAS CRÍTICAS Y EL RECONOCIMIENTO

Ni qué decir tiene que las primeras críticas que salieron lo ponen a caer de un burro. Decían pero qué es esto, este loco de dónde salió, cualquier chorrada… La mejor crítica que sale al principio es, curiosamente, una del diario La Prensa. La escribió una mujer que no sabemos quién es pero que se da cuenta de que ahí hay algo potente. Los demás, incluso críticos muy importantes, le dieron una recepción tremenda. Analizarla es un trabajo que queda por hacer todavía.

Pero el tirón de las ventas derrumba a la crítica. Como pasa siempre, lo reconocen antes fuera que dentro del país. Sobre todo porque «quién era ese señor que desde París nos decía cómo tenemos que hablar, cómo tenemos que pensar, que pone marcas de productos, los Gauloises…» No tenía derecho, digamos, a escribir desde fuera. Era un poco eso.


Se lo reconoce primero en América Latina, sobre todo en México. En España se publicó tarde, recién en el año 67. Pero la gente atenta a las novedades lo detectó de inmediato. Sobre todo los jóvenes, y arrastraron a los profesores y las cátedras de Literatura Latinoamericana. Y una cosa importante fue esa cosa mágica que tiene el boca a boca. Eso es imparable: no hay crítico que pueda poner una puerta a eso.

Entonces enseguida empezaron a haber ofertas de traducción y ediciones que se sucedían. Sin campaña de marketing y con un autor que no estaba presente. Ni una entrevista, ni un programa de radio, ni de televisión, nada. El libro se defendió solo. Hasta ahora, incluso, porque es una lectura que todavía da que hablar. Yo creo que las grandes propuestas de Rayuela siguen vigentes, porque son las grandes propuestas del ser humano. Los grandes interrogantes, los que no tienen respuesta.

2 comentarios:

Nausica dijo...

Me gustó mucho.

Besos van

Anónimo dijo...

Cortázar es tanto. Leerlo siempre resulta estimulante y es una garantía de placer. Es exquisito. Interesante nota.