19 de noviembre de 2012

Apuntes para un ensayo sobre Mad Men

Después de que mucho me la recomendaran, vi Mad Men. Cinco temporadas —65 capítulos— en unos tres meses. Me gustó mucho. A continuación, algunas ideas.

LOS PERSONAJES

Lo mejor de Mad Men es la construcción de los personajes y las relaciones entre ellos. Los personajes son seres complejísimos. Me dijo una amiga hace poco: no son buenos o malos, al que en un capítulo lo querés, en el siguiente lo odiás. Y es bastante así, creo. No son «buena gente», al menos no la clase de gente que se me viene a la cabeza cuando yo pienso en «buena gente», porque esa gente no ocupa los cargos más importantes de una empresa de publicidad en Nueva York. Ninguno es entrañable, todos intentan todo el tiempo mostrarse fuertes y ocultar sus debilidades y miserias. Para mantenerse allí necesitan un grado de competitividad, de ambición y de cinismo que los hacen muy buenos en lo suyo… y los alejan de mi concepto de «buena gente» (que no tiene por qué importarle a nadie más que a mí, desde luego).


Las tensiones entre los personajes hacen que cada interacción muchas veces parezca una burbuja de jabón, que mantiene un fino equilibrio entre las presiones internas y externas y que, en cualquier momento, revienta. ¿Cuáles son las relaciones más tirantes? Enumeremos algunas: Draper-Campbell, Campbell-Olson, Draper-Sterling, Campbell-Sterling, Olson-Holloway, Sterling-Holloway… y podríamos seguir. O sea, casi todos con todos.

SUPERHÉROES


Don Draper es una especie de superhéroe, del típico superhéroe estadounidense. Un tipo que empieza desde bien abajo (un self-made man) y acumula muchísimo poder (y dinero, mujeres, etc.). El mejor ejemplo del american dream hecho realidad. Pero, además, como todo buen superhéroe, tiene una identidad secreta y un punto débil, que en su caso son lo mismo: el pasado condena a Don Draper. O, mejor dicho, estuvo varias veces a punto de hacerlo.

En uno de los primeros capítulos de la serie, Betty le pregunta a su esposo: Who are you, Don Draper? Enterarse de su otra identidad representa el fin del ya desgastado matrimonio que arrastran por los suelos, algunas temporadas después. Por mucho que Don intente borrar las huellas de Dick Whitman, no puede hacerlo, como una metáfora de la imposibilidad del crimen perfecto. En todo caso, intenta dejar su antigua identidad al otro lado del país (que para los yanquis equivale al otro lado del mundo): California. Allí firma en una pared como «Dick».

Hasta tienen nombre de superhéroes: Mad Men, como Superman o Batman o Spiderman o, en plural, los X-Men. Mad men es como fueron llamados los ejecutivos de las agencias de publicidad neoyorkinas en aquella época, en un múltiple juego de palabras. La palabra inglesa para «publicidad» es advertising, y de forma coloquial se apocopa ad. De ad men (publicitarios, hombres de publicidad) a mad men (locos, hombres alocados) no había más que un paso, abreviado incluso por el hecho todas aquellas grandes empresas estaban en Madison Avenue.

Pero además, pensando en estas cosas, se me ocurrió una comparación: ¿Don Draper no es igual a Clark Kent? La diferencia radica en que, mientras que el Clark Kent trajeado de gris subiendo ascensores en edificios de NY es la pantalla de Superman (y, según la ya célebre afirmación que suelta David Carradine en Kill Bill, Clark Kent es tonto porque así es como nos ve Superman a los simples mortales), esa es la ropa de faena del superhéroe Draper. A este se le mueve la estantería cuando no va vestido así. Y mucho más cuando, como Superman, deja a la vista sus calzoncillos.


Christopher Reeve en la piel de Clark Kent y John Hamm como Don Draper

Pongo en Google «don draper superman» y me encuentro con rumores, de 2010, de que John Hamm, el actor que interpreta a Draper, haría de Superman en una nueva saga de películas del american superhero por excelencia. O sea, no soy el primero a quien se le ocurrió. Normal. Somos mucho menos originales de lo que solemos creernos. Y de lo que nos gustaría.

HISTORIAS DE AMOR

¿Cuál es la gran historia de amor de Mad Men? Seguro, ninguna de las de Don Draper. Creo que las grandes historias de amor son dos: Pete Campbell-Peggy Olson, por un lado, y Joan Holloway-Roger Sterling, por el otro. Curiosamente —o no— ambas presentan algunos palelismos: desde el principio son una infidelidad por parte del hombre, ambas parejas tienen un hijo pese a que en ningún momento la relación se «blanquea».

Seguramente las tres temporadas que quedan tienen reservados más capítulos relacionados con ambas historias.

CIENCIA-FICCIÓN AL REVÉS

Los años 50 y 60 —los de Mad Men— fueron los de los primeros viajes espaciales y del apogeo de la ciencia-ficción (de hecho, Ken Cosgrove cultiva este género). Estos relatos se esforzaban por imaginar los adelantos tecnológicos del año 2000 y cómo estos modificarían los hábitos de vida de las personas. Medio siglo después, podemos ver que sus aciertos fueron escasos y sus errores, multitudinarios: soñaron con computadoras gigantescas, autos voladores y robots sirvientes, y no previeron los teléfonos móviles, las tablets o internet.

Mad Men, en cambio, nos muestra los cambios culturales acontecidos desde su época hasta ahora. Las secretarias se sientan en las rodillas de los ejecutivos, los negros son solo ascensoristas o niñeras, los homosexuales son objeto de la burla y el desprecio, todos fuman en todas partes, salen de camping y para volver sacuden la manta y dejan toda la basura sobre el pasto, los padres no besan a sus hijos, sino que solo les dan la mano, cualquier adulto reprende y golpea a cualquier niño…

Si aquellas gentes hubieran tenido que hacer un inventario de las cosas de su época que creían que más sorprenderían a las gentes del futuro (del año 2000), seguramente habrían acertado tan poco y habrían fallado tanto como al escribir ciencia-ficción. Por eso, se me ocurre que Mad Men es como ciencia-ficción al revés: en lugar de mirar hacia el futuro tratando de adivinar, nos muestran el pasado para que nos sorprendamos de él.

¿Qué expresiones que en nuestro tiempo nos parecen lo más normal del mundo retratarán las series de «ciencia-ficción al revés» de dentro de medio siglo?



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5 de noviembre de 2012

Los diarios, esos cuadernos llenos de lo que fuimos

1

La última vez que estuve en la Argentina, se me dio por buscar unos cuadernos y echarles un vistazo. Me sorprendió leer lo que leí. No podía ser de otra manera. Esos cuadernos eran mis diarios. Comencé a escribirlos a mediados de 2004, hace más de ocho años, y sigo haciéndolo: me parece increíble pensar que cinco de esos años los llevo viviendo en Madrid. Y los seguiré escribiendo, seguramente. ¿Por qué?

2

Un diario es, entre otras cosas, una conversación con uno mismo. Así como a menudo hablar sirve para aclarar la mente, ordenar las ideas, organizar sentimientos, con la escritura pasa lo mismo. De un modo incluso más intenso. Porque lo escrito en tinta queda ahí, no como las palabras que uno pronuncia, a las cuales, muchas veces, se las lleva el viento. Escribir un diario sirve como catarsis. Libera tensiones y permite entender mejor lo que vivimos.

Me acuerdo de algunos ejemplos: la película The Woodsman, que retrata la lucha de un hombre —que acaba de salir de prisión tras cumplir una pena por pederastia— por no volver a abusar de menores. El psiquiatra le recomienda al protagonista (interpretado por el poliédrico Kevin Bacon) que escriba un diario. Era una manera de canalizar pulsiones y libidos.

Otra referencia (de las miles que se podrían citar) es el libro Una mujer en Berlín, de autora anónima. Anónima por propia voluntad: el texto es el diario de una habitante de la capital alemana entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945, es decir, durante el derrumbe final del Tercer Reich. La autora describe el día a día en los refugios antibombas y en las ruinas de los edificios donde ella y sus vecinos vivían.

Una presencia constante en sus páginas es uno de los horrores más silenciados de todas las guerras: las violaciones masivas de las mujeres del bando vencido por parte de los soldados del bando vencedor. Se estima que más de 100 mil mujeres alemanas fueron violadas en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Nuestra autora anónima encontró los huecos entre los escombros —literales y metafóricos— para escribir con lápiz, en tres cuadernos que rescató de alguna parte en aquel infierno, a la luz de las velas, un relato macabro, descarnado, salpicado de humor negro y de una lucidez a prueba del fuego y de las vejaciones, un relato que la ayudó a conservar la cordura.


3

Un diario es, también, una cápsula del tiempo. Otro de nuestros vanos intentos por vencer al olvido, a la muerte. La búsqueda de dejar testimonio de lo que somos (lo que hacemos, lo que pensamos, lo que deseamos, lo que sentimos, lo que interpretamos de lo que hacemos, pensamos, deseamos y sentimos: todo eso es lo que somos) para que en el futuro alguien tenga, de primera mano, nuestra propia versión. Ese alguien puede ser el propio autor en el futuro (es decir, la persona en la que el paso del tiempo haya convertido al propio autor) u otro intruso que se asome a sus páginas (en mis sueños más megalómanos imagino a investigadores del futuro indagando en mis diarios las claves de mi obra).

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Ricardo Piglia —quien afamó su diario a fuerza de mencionarlo una y otra vez en entrevistas y en textos ensayísticos y relatos autobiográficos (es decir, relatos autobiográficos que hablan de otro relato autobiográfico)— dice que el diario es su «laboratorio de escritura». Es una linda manera de definirlo.

En su libro El escritor y la tradición, un estudio de la obra de Piglia, el cubano Jorge Fornet se permite dudar de la existencia real del diario. Cuando entrevisté a Piglia, en su casa de Palermo, en julio de 2007, me mostró uno de los innumerables cuadernos que lo componen. Era un volumen de tapas negras, parecido a un Moleskine pero de cubiertas flexibles. Según el escritor, antes se conseguían en cualquier parte y ahora solo los encuentra en una librería de La Boca…

En enero de 2011, los suplementos culturales Ñ (Clarín, Argentina) y Babelia (El País, España) anunciaron «uno de los acontecimientos literarios del año»: la publicación de fragmentos de los legendarios diarios de Ricardo Piglia. Leí algunos fragmentos y, la verdad, me aburrieron. Lo que Piglia había publicado antes eran micro-ensayos, párrafos que se presentan al lector (como alguna vez se habrían presentado al escritor) como una ráfaga de lucidez, un relámpago que ilumina el camino en mitad de la tormenta.

Estos trozos publicados en suplementos culturales, en cambio, sonaban a poca cosa, como el sueño descontextualizado de un desconocido. Los sueños ajenos solo nos interesan cuando nosotros formamos parte de ellos o dentro de un contexto que es, en realidad, lo que nos interesa, y gracias al cual el sueño adquiere sentido. Por eso, por ejemplo, Errata Naturae puede publicar una antología de los sueños de Kafka, titulada, con buen tino y sentido común, Sueños. ¿De dónde extrajeron los editores esos sueños? Elemental: de sus diarios.


5

Un diario, digamos, finalmente (o casi), es también un desafío. Es hacerle frente al miedo de que alguien ahora, en cualquier momento, se pueda introducir en nuestra más honda intimidad. Un modo de decir «me la banco»… Pero ¿es eso «nuestra más honda intimidad»? ¿Escribimos todo, sin reservas, en el diario? ¿Somos absolutamente sinceros con él? ¿Cuánto le mentimos? ¿Cuántas veces le contamos una historia no como fue sino como nos gustaría que fuera, que hubiera sido? ¿Cuántas de esas kafkianas historias fueron en efecto sueños, y cuántas habrán sido fantasías de la vigilia del escritor?

6

—Me gustaría dedicarme al diario, ver si puedo dejarlo en un estado más o menos publicable —me dijo Piglia en aquella entrevista, cuando le pregunté por sus proyectos futuros—. El diario tiene la virtud y el peligro de sustituir a la literatura, hay que tener cuidado con eso, pero es un tipo de experiencia que a mí me interesa mucho. Entonces me imagino que pronto, en los próximos años, me dedicaré a tomar esos cuadernos y copiarlos. La cuestión para mí va a ser tomar esos cuadernos y ver qué intriga construir ahí, ver cómo darles un eje.

—¿Pero saldría como un libro de ficción? —pregunté.

—No. Bueno, espero que no. Tengo algunas ideas, que todavía no puedo anticipar, de cómo publicarlo. Los hechos serían los hechos y lo que yo he escrito sería lo que yo he escrito, y ni siquiera reescribiría. Sencillamente me parece que lo que hay que hacer es un montaje, un experimento con una escritura que tiene muchísimos años y que intenta… El problema es ése: ¿que intenta qué? Esa es la pregunta que yo tengo que contestar. ¿Intenta mostrar una época? ¿Intenta mostrar la historia de un pensamiento que se va desarrollando, o una serie de experiencias, mi relación con las mujeres…? No sé, habría que ver cómo. Varias veces intenté sentarme a hacerlo, y siempre salí corriendo. Entonces la idea que tengo es «me voy a algún lado con los cuadernos y me voy a encerrar a trabajar en eso durante seis meses». Y algo saldrá, ¿no?



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29 de octubre de 2012

Constantino Bértolo: «Las multinacionales seguirán decidiendo qué “hay que leer”»

El editor español afirma que «un mercado electrónico global, por mucho que la red permita el acceso a más libros, pondrá de nuevo el futuro editorial y cultural en manos de las grandes multinacionales»

El viernes pasado estuve en la presentación de #Despacio, de Remedios Zafra, realizada en la librería Tipos Infames. La charla estuvo a cargo de los filósofos Fernando Broncano y Javier Ordóñez, además de la autora, pero quien ofició como «maestro de ceremonias» fue Constantino Bértolo, director literario de la editorial, Caballo de Troya (un sello del grupo Random House Mondadori).

Ver a Bértolo me recordó una mini-entrevista que le realicé hace tiempo, el año pasado, con motivo de un artículo en el que estaba trabajando pero que finalmente no escribí, sobre las vinculaciones entre editoriales españolas y argentinas. La consulta que le realicé puede resumirse en una pregunta central:

Hace años hubo una oleada de compras de editoriales argentinas por parte de editoriales españolas. Ahora la tendencia parece ser la de que editoriales medianas y pequeñas de aquí y allí se asocien. ¿Cómo definirías el momento actual de las relaciones entre las editoriales de ambas orillas?

Lo que sigue es su extensa respuesta.



Datos básicos:

-La potencia industrial del sector editorial español requería ampliar su mercado, entrando en los mercados latinoamericanos. Para eso era necesario: que ese mercado tuviera capacidad de pagar las importaciones, que se ampliara y estabilizara, que la relación dólar-euro se equilibrase (cosa que ha sucedido últimamente).

-Frente a la debilidad de los mercados latinoaméricanos y aprovechando el costo más bajo de la producción en esos países, el sector editorial español «desembarcó» de manera directa con sucursales y la compra de editoriales en esos mercados. Ese es el momento que corresponde a la oleada de que hablas en tu pregunta.

Actualmente, la mejora en el tipo de cambio, el dinamismo de las nuevas editoriales española (las llamadas nuevas independientes: Periférica, Impedimenta, Libros del Asteroide, Errata Naturae) y las facilidades en la información, comunicación e intercambio de conocimiento que produce la red han dado fluidez a un mejor y más actual conocimiento de lo que, a nivel editorial y literario, se está fraguando culturalmente a uno y otro lado del océano.

Esta nueva situación está originando nuevas formas de intercambio, desde la cooperación hasta la integración. Las pequeñas editoriales independientes ven en algunos mercados, como Argentina, Chile, Uruguay, México y Colombia, oportunidades para rentabilizar su trabajo. Para hacerlo, hay tres posibles estrategias que ya se han puesto en marcha:

1) Crear sellos binarios, que editen en España y en esos mercados, aprovechando sinergias. Es el caso de Lengua de Trapo o Katz.

2) Mejorar la distribución de los libros en esos mercados. Esta estrategia es la que están desarrollando tanto las pequeñas editoriales españolas —Periférica, Alpha Decay, Gadir— como algunas independientes latinoamericanas —Eterna Cadencia, Estruendo, Alfabía—. Cuanto más se estabilicen esos mercados (mejor distribución, mejores garantías de pago), esta estrategia se mostrará más favorable.

3) Acuerdos de cooperación e intercambio entre las pequeñas editoriales de uno y otro lado: estudiar la posibilidad de compartir autores. Esto antes lo llevaban a cabo algunos sellos de las grandes multinacionales, pero esa política siempre estaba determinada por los altos costos y la poca expectativa de recuperar las inversiones. En ese campo, las pequeñas editoriales actúan mejor, porque viajan «menos cargadas de equipaje».

Es decir: en la actualidad (y más si el tipo de cambio mantiene su actual tendencia) las condiciones son muy favorables para que cualquiera de esas estrategias dé lugar a un mayor y mejor intercambio de títulos y autores.

La única sombra que veo es, sin embargo, muy relevante: la edición electrónica se saltará fronteras y peculiaridades nacionales. Un mercado electrónico global para la edición en castellano, por mucho que la red permita el acceso a más libros, pondría seguramente de nuevo el futuro editorial y cultural en manos de las grandes multinacionales. El problema es que, en ese caso, serán las multinacionales y los medios de comunicación que las acompañan las que seguirán  decidiendo la jerarquía de la visibilidad, es decir, determinando qué libros o autores «hay que leer».

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22 de octubre de 2012

Encuentro Literario Sinécdoque,
diez años después

1

Los pormenores del diálogo los olvidé. Sé que en algún momento Octavio me dijo: «No, no hay escritores de Varela», y que yo, después de una pausa, le respondí: «Nosotros».

Días o semanas más tarde, Octavio me propuso que formáramos un grupo. Un grupo de escritores. Gente como nosotros, que escribiera y tuviera ganas de compartir lo que escribía con otras personas que no fueran sus parejas o sus amigos más cercanos, que en general no pueden decirte más que «está lindo» y darte una palmadita en la espalda. Le dije que sí, claro, entusiasmado. Hicimos unos cartelitos de esos con las tiritas abajo que se pueden recortar, con algún número de teléfono (creo recordar que era el fijo de Octavio) y con una dirección de e-mail. Recuerdo que dijimos que no podíamos poner solo un mail, porque de ese modo estaríamos dejando fuera a mucha gente que todavía no usaba el correo electrónico. Cómo cambiaron las cosas en diez años. Porque ya diez años pasaron de todo aquello. Que para algunas cosas no es nada (según el tango, la mitad de nada), pero para otras es mucho tiempo.

2

Así fue como convocamos gente y enseguida fuimos cinco: Sergio, Sabina, Elisa, Octavio y yo. Y poco después llegó Patricia, un poco más tarde pero a tiempo, y así quedó conformado el equipo.

Primero pensamos en reunirnos cada quince días, para no agobiar a nadie, pero cuando nos quisimos dar cuenta nos veíamos todas las semanas. Siempre alrededor de un par de mesas del bar Los Angelitos. (Para quienes no conocen nuestro terruño: en la esquina de Monteagudo —que todavía no era peatonal— y Juan Vásquez, calle a la que le cambiaron el nombre hace años, hacía ya años, le pusieron Presidente Perón, o Teniente General Perón, o algo así, pero para todos sigue siendo Juan Vásquez, hasta para Google Maps).

Había que buscar un nombre. No recuerdo cómo fue, pero creo que propusimos varios y yo propuse Sinécdoque, una figura retórica que consiste en decir la parte por el todo, o el todo por la parte, o la especie por el género, o viceversa, y etcétera. Y gustó, y quedó. Es curioso: recién ahora, diez años después, mientras redacto estas líneas, se me da por googlear la palabra «sinécdoque». El primer resultado es la entrada de la Wikipedia, y lo primero que aclara es su significado etimológico: «comprensión simultánea». Y pienso en cuánto de comprensión simultánea hubo en aquellas seis personas en aquel momento de sus vidas, de nuestras vidas.

Después siempre fantaseábamos con la idea de que algún día, junto a alguna de las mesas a las que solíamos sentarnos, pongan un cartel que diga: «MESA SINÉCDOQUE».

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Esta clase de encuentros se producen de forma muy azarosa. Es estar en el lugar oportuno en el momento justo. Como en el amor. Aquella época, en aquel Florencio Varela de finales de 2002, nos encontró a los seis —Elisa, Patricia, Sabina, Sergio, Octavio y yo— en situaciones un poco raras, sin o con poco trabajo, en momentos que eran o parecían de cambios en la vida de cada uno. Ese hecho, creo, fue fundamental, no solo para que tuviéramos más tiempo para reunirnos, sino, fundamentalmente, porque teníamos energía disponible y lista para ser invertida en un proyecto como este. Un proyecto que empezó sin que tuviéramos claro hacia dónde iría, y que fue hacia todas partes y hacia ninguna.

4

Y entonces escribíamos. Y cada encuentro era una fiesta. Leíamos lo nuestro en voz alta, leíamos y escuchábamos lo que habían escrito los demás, nos criticábamos, aprendíamos unos de otros, nos reíamos, disfrutábamos. Eran eso: encuentros. De hecho, ese fue el nombre que elegimos: no éramos un «grupo» ni un «círculo literario» ni un «taller». Éramos el Encuentro Literario Sinécdoque.

(Busco en el diccionario «encontrar».  La quinta acepción es la que refiere ese sentido: «Dicho de dos o más personas: Hallarse y concurrir juntas al mismo lugar». Pero también me llaman la atención las dos primeras acepciones. La primera: «Dar con alguien o algo que se busca». La segunda: «Dar con alguien o algo sin buscarlo». Entonces, si es dar con algo o alguien tanto si se busca como si no, ¿para qué la aclaración? ¿Por qué no decir directamente «Dar con algo o alguien», y nos ahorramos una acepción? Pues quizá por gente como nosotros, que dimos con gente que buscábamos pero sin buscarla. Como la famosa cita de Cortázar en Rayuela: andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.)

5

En aquella época en que nos parecía elitista poner solamente una dirección de e-mail, nunca habíamos escuchado, por supuesto, hablar de los blogs. Así que, cuando nos picó el bichito de crear una publicación (como a todo grupo de personas que se precie de reunirse en nombre de la literatura) la hicimos en papel. Dos hojitas tamaño office plegadas, que daban lugar a ocho paginitas con espacio suficiente para todos. La llamamos Caos, en homenaje a un libro de Adolfo Bioy Casares publicado en 1935. Fue uno de los primeros libros de Bioy, de los que luego él se avergonzaba. Una crítica de la época en La Nación era despiadada:

Un desaforado afán de notoriedad mantiene desde hace largo tiempo en los alrededores de la literatura a personas que seguramente tendrían honesta ocupación en cualquiera otra actividad (…) Muchas reflexiones semejantes podrían expresarse a propósito de la publicación de Caos, si algún mérito de este libro lo justificase. No puede ser más lastimosa la lectura de sus páginas, en las que sólo es dable advertir un acierto, consistente en la propiedad del uso de un vocablo, el del título: caos.

Nos divertíamos mucho leyendo ese tipo de cosas, y entonces nuestra revistita se llamó Caos y llevaba como eslogan: «No puede ser más lastimosa la lectura de sus páginas». El eslogan también aplicable, desde luego, a este blog.

Editamos tres números y se nos quedó en las gateras el cuarto. Tuvimos alguna pequeña satisfacción al enterarnos de que alguien la había leído y le había gustado, o de que no sé quién había preguntado cuándo saldría el siguiente número. Imagino que en algún lugar de la casa de mis padres, en Florencio Varela, sobreviven mis ejemplares. Una amiga varelense que vive en España desde hace años (desde aquella época) y se muda mucho, cada vez que se muda ve aparecer sus ejemplares de Caos. Entonces los mete en una caja, y al desarmar la caja los vuelve a ver aparecer, y los saluda y se despide de ellos hasta la siguiente mudanza. Pero siempre que eso ocurre me lo cuenta. Y eso, de alguna manera, mantiene con vida a Caos.

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Nos reunimos semanalmente, si no recuerdo mal, durante un año y medio, desde septiembre u octubre de 2002 hasta marzo o abril de 2004. Casi al mismo tiempo varios de nosotros conseguimos nuevos trabajos, y eso nos dejó menos tiempo, y supongo que aquello —como todo— duró lo que tenía que durar. Nos dejó excelentes momentos, el recuerdo de unos encuentros divertidísimos, el cariño hacia aquellos compañeros de ruta y un manojo de cuentos y poemas. Varios de los cuentos que escribí en aquella época forman parte de un libro que lleva mi firma y está por ver la luz. De alguna manera, este libro también es un retoño del Encuentro Literario Sinécdoque. Y esa publicación, y nuestros recuerdos, y este post, de alguna manera, lo mantienen con vida. Aunque, parafraseando una frase de Woody Allen que recuerdo haber citado en más de uno de aquellos encuentros, seguro que Sinécdoque preferiría no seguir viviendo en los libros ni en los blogs ni en los recuerdos de nadie, sino allá, una vez a la semana, alrededor de un par de mesas del bar Los Angelitos.